Cuando la luz se desprende

Jesuslopez

Poeta recién llegado
De la noche a la mañana,
sin advertencia alguna,
cuando todavía la brisa cálida
llenaba mi alma
y mis ojos eran faros suaves
que tocaban corazones,
todo cambió.

Yo era paz.
Era calma.
Era el susurro invisible
que aquietaba la angustia de otros.
Quien me miraba
recibía un eco de luz,
una armonía que no pedía nada,
solo nacía.

Pero de la noche a la mañana
todos mis seres queridos
y mis amigos
cayeron en una tristeza profunda,
como si la vida hubiera apagado
una vela que no sabían que cuidaban.

Lo que antes generaba paz
ya no se mostraba.
Mis ojos, que antes eran refugio,
se convirtieron en espejos
de una pena que se extendía
como un manto frío.
Ahora solo expulsaban
angustia, dolor,
y una sombra que nadie comprendía.

La felicidad de aquellos que amaba
se quebró,
se volvió dura, pesada,
dolorosa.
Sentí como si mi espíritu,
arrancado sin permiso,
fuera arrastrado
a un abismo ancestral.

Grité.
Grité con el alma desnuda,
a los cuatro vientos,
mientras mi cuerpo y mi espíritu
se consumían juntos,
llorando en un silencio que dolía.

El brillo que fue luz
se volvió súplica;
la esperanza, ceniza.
Caí en lo más profundo
de mi propio corazón,
una caída sin suelo,
sin dirección,
sin nombre.

Y allí,
en ese abismo que parecía eterno,
cuando ya no quedaban fuerzas
ni voz,
mi alma tembló
y abrazó lo que quedaba de mí.

Y aunque la oscuridad
siguió respirando alrededor,
ese abrazo —débil, roto, pero vivo—
impidió que la noche
terminara de devorarme.

 
De la noche a la mañana,
sin advertencia alguna,
cuando todavía la brisa cálida
llenaba mi alma
y mis ojos eran faros suaves
que tocaban corazones,
todo cambió.

Yo era paz.
Era calma.
Era el susurro invisible
que aquietaba la angustia de otros.
Quien me miraba
recibía un eco de luz,
una armonía que no pedía nada,
solo nacía.

Pero de la noche a la mañana
todos mis seres queridos
y mis amigos
cayeron en una tristeza profunda,
como si la vida hubiera apagado
una vela que no sabían que cuidaban.

Lo que antes generaba paz
ya no se mostraba.
Mis ojos, que antes eran refugio,
se convirtieron en espejos
de una pena que se extendía
como un manto frío.
Ahora solo expulsaban
angustia, dolor,
y una sombra que nadie comprendía.

La felicidad de aquellos que amaba
se quebró,
se volvió dura, pesada,
dolorosa.
Sentí como si mi espíritu,
arrancado sin permiso,
fuera arrastrado
a un abismo ancestral.

Grité.
Grité con el alma desnuda,
a los cuatro vientos,
mientras mi cuerpo y mi espíritu
se consumían juntos,
llorando en un silencio que dolía.

El brillo que fue luz
se volvió súplica;
la esperanza, ceniza.
Caí en lo más profundo
de mi propio corazón,
una caída sin suelo,
sin dirección,
sin nombre.

Y allí,
en ese abismo que parecía eterno,
cuando ya no quedaban fuerzas
ni voz,
mi alma tembló
y abrazó lo que quedaba de mí.

Y aunque la oscuridad
siguió respirando alrededor,
ese abrazo —débil, roto, pero vivo—
impidió que la noche
terminara de devorarme.
De que vale a veces ser una fuente de paz y luz, si caemos en una profunda tristeza y angustia tras la pérdida de nuestros seres queridos.
Buen comienzo Jesuslopez.
Bienvenido al Foro.

Saludos
 
Muchísimas gracias por tu bienvenida alde y por tus palabras. Creo que ser una fuente de paz y luz no significa que estemos exentos de dolor; más bien, nos da fuerza para acompañarnos a nosotros mismos y a los demás incluso en los momentos más oscuros. La pérdida deja cicatrices profundas, pero también nos recuerda la importancia de valorar la vida y el amor que compartimos.
 

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