Cuándo la memoria se desvanece

poetakabik

Poeta veterano en el portal
Mecenas
Hay un lugar del alma

donde el tiempo deja de medir las horas

y la historia deja de sostenernos.

Allí, donde los nombres se pierden

como hojas arrastradas por la brisa,

allí donde los rostros se vuelven agua

y el pasado no encuentra su casa,

comienza el territorio del Alzheimer.

Y duele.

Duele ver cómo los recuerdos

se desprenden, uno a uno,

como estrellas que se apagan sin ruido.

Duele mirar unos ojos

que un día lo fueron todo

y descubrir que ya no saben quién eres,

ni quién fueron,

ni qué fue la vida.

Pero entonces sucede algo inesperado:

cuando la memoria cae,

el amor —si es verdadero— no cae con ella.

Permanece.

Porque amar ya no es recordar,

ya no es compartir historias,

ni volver a los días felices,

ni decir “¿te acuerdas?”.

Amar se convierte en sostener una mano

aunque no te reconozca,

en sonreír aunque no te responda,

en abrazar aunque no entienda por qué.

Es aprender a ser presencia

sin pedir nada a cambio,

es quedarse

aunque la luz se apague.

Y quizá ahí comienza

la forma más pura de amor.

Un amor que no necesita espejos,

porque ya no espera verse reflejado.

Un amor que no negocia,

que no exige,

que no reclama.

Un amor que existe

simplemente porque sí,

porque nace de la esencia,

porque pertenece al alma

y no a la memoria.

Entonces descubres

que esa sonrisa fugaz

vale universos enteros,

que una chispa de lucidez

es una bendición inesperada,

que un gesto torpe

es un milagro cotidiano.

Aprendes a celebrar

lo pequeño,

lo mínimo,

lo que a otros les pasaría inadvertido,

y te vuelves grande por dentro.

El Alzheimer enseña

que no somos solo recuerdos,

ni palabras,

ni historias tejidas en la mente.

Somos una existencia viva

que merece respeto

aunque el relato se deshaga.

Somos dignidad aún en la sombra,

somos presencia aún en la niebla,

somos amor

aunque la razón se haya ido.

Y quizás si

el Alzheimer es también una escuela de desapego,

una despedida lenta

que nos obliga a amar sin amarras,

a aceptar que la vida no nos pertenece,

a comprender que nada es eterno…

y aun así seguir amando.

Porque cuando todo desaparece,

cuando la memoria cae al silencio,

cuando el pasado deja de existir,

solo queda algo invencible:

la capacidad humana

de permanecer junto a quien amamos,

hasta el final,

hasta lo último,

hasta donde el corazón resista.

Y entonces,

al despedirnos un día,

sabremos que estuvimos ahí,

que no huimos,

que no miramos hacia otro lado,

que sacamos sonrisas,

calma,

caricias,

vida…

incluso en la crueldad de la enfermedad.

Y eso,

aunque duela,

nos hará inmensos.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba