Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cuando me pierdo en tu cuerpo,
el mundo se deshace como pan en la boca del hambre.
No hay relojes.
No hay ventanas.
Solo tus poros, que saben más del universo que cualquier libro sagrado.
Tu espalda, campo donde siembro mi aliento.
Tus caderas, esas lunas que gobiernan mi marea.
Tu cuello: altar donde dejo mis dudas y mis nombres.
Y tu voz —ese murmullo—
me arrastra al borde del abismo y me pide que salte,
sin miedo, sin tregua.
Cuando me pierdo en tu cuerpo
no busco salida,
quiero extraviarme en el silencio que nace entre tus muslos,
y que cada latido tuyo
sea un faro que me queme y me guíe a la vez.
Tú no sabes —o tal vez sí—
que cuando me pierdo en ti
vuelvo a encontrarme.
el mundo se deshace como pan en la boca del hambre.
No hay relojes.
No hay ventanas.
Solo tus poros, que saben más del universo que cualquier libro sagrado.
Tu espalda, campo donde siembro mi aliento.
Tus caderas, esas lunas que gobiernan mi marea.
Tu cuello: altar donde dejo mis dudas y mis nombres.
Y tu voz —ese murmullo—
me arrastra al borde del abismo y me pide que salte,
sin miedo, sin tregua.
Cuando me pierdo en tu cuerpo
no busco salida,
quiero extraviarme en el silencio que nace entre tus muslos,
y que cada latido tuyo
sea un faro que me queme y me guíe a la vez.
Tú no sabes —o tal vez sí—
que cuando me pierdo en ti
vuelvo a encontrarme.