Cuatro meses -23/6-

Ezegaleon

Poeta recién llegado
Era una tarde de niebla, el frío y la humedad penetraban por debajo de la ropa. Él sabía que ella terminaba su rutina en el muelle de la ciudad, y permanecía allí un rato para despejarse.
Últimamente, la había notado distante, pero no encontraba el motivo. Sus caricias, sus besos, sus palabras -o las que quedan de ellas- ya no tenían el mismo sabor. Y no podía esperar. A veces, la desesperación debe ser saciada rápido, para que no nos devore por dentro.
Entonces, fue. No había almas circulando las calles, no había vida, era todo muerte -como si el destino presagiara algo-, era todo soledad y melancolía.
Caminando hacia el muelle, cada paso era un estaca de incertidumbre y miedo que se clavaba en su mente, haciendo más grande su miedo. Su deseo era no alcanzarlo. "No sé si quiero saber lo que sucede", pensaba. El viento arrasa con los recuerdos, mientras se acerca a su destino. El muelle ahora está a la vista, y ya no hay marcha atrás.
Allí está ella. La pudo encontrar fácilmente en todo ese vacío, entre toda esa soledad, y aunque hoy no había más nadie alrededor, la podría haber reconocido entre un millón de seres.
- ¿Que hacés acá? -preguntó ella al verlo, se notaba su sorpresa.
- Yo también me alegro de verte, flaquita de mis ojos -mientras se secaba la humedad de la cara-. Necesito hablar con vos.
- ¿De qué querés hablar? Está feo y ya tengo que irme -mientras empezaba a caminar.
- ¡No me des la espalda! Al menos me debés eso. -Gritó él, y ella se detuvo sin decir nada.
Volvió a secarse la cara, pero ya no sabría decir si era humedad o sus ojos que lloraban.
- Al menos me debés eso -dijo ahora más bajo y más despacio.
- Esto tenía un final, nos lo habíamos prometido -sentenció ella, sin darse vuelta para mirarlo-. Tuviste que haberte retirado antes, vos sabías las reglas del juego.
- El amor no entiende de reglas, flaquita -su voz le temblaba, y parte de sus palabras se las llevaba el viento.
- ¡¿Qué?! - preguntó ella, se dio vuelta y lo miró, se notaba en la mirada que le daba lástima.
- Lo que escuchaste... Lo que ya sabés...
- Perdón, pero no es lo que yo quiero.
Y después de mirarlo una vez más ella se fue para el lado de la ciudad. Él, a su vez, se acerco a la baranda del muelle. Miró hacia atrás, ella no volvía.
Subió un pie y luego el otro.
La niebla se hace más densa y triste cuando va cayendo la noche.
 
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