BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dejemos a un lado
la impenetrable soledad
del eremita vocacional que,
espejo iracundo, forma sus
periferias sobre torres desastrosas.
O esa invalidez nauseabunda y profética
que inaugura cabelleras con un estilete
profesional. Aquellas acacias silentes
que exudaban su perfume putrefacto
sobre solitarios amores envejecidos y desbocados,
o aquellas serrerías inundadas de profundos
anhelos y volquetes de pedrería mineral.
Las almenas constituidas en atónito comité
de palomas y raíces, tan blancas, que aparecían
en su círculo de aurigas afligidos, mintiendo.
Respetemos el ámbito de las doncellas, tan
permeables como un columpio de invierno.
Y el óxido, y la química, y el fundamento de las estrellas
embarcadas hacia su destrucción: nada habita
ya estas tierras. Y yo me congratulo de ello.
Nada espabila más mi ánimo apesadumbrado
que ese coraje que otorga
moverse entre desiertos y sogas establecidas
de antemano.
©
la impenetrable soledad
del eremita vocacional que,
espejo iracundo, forma sus
periferias sobre torres desastrosas.
O esa invalidez nauseabunda y profética
que inaugura cabelleras con un estilete
profesional. Aquellas acacias silentes
que exudaban su perfume putrefacto
sobre solitarios amores envejecidos y desbocados,
o aquellas serrerías inundadas de profundos
anhelos y volquetes de pedrería mineral.
Las almenas constituidas en atónito comité
de palomas y raíces, tan blancas, que aparecían
en su círculo de aurigas afligidos, mintiendo.
Respetemos el ámbito de las doncellas, tan
permeables como un columpio de invierno.
Y el óxido, y la química, y el fundamento de las estrellas
embarcadas hacia su destrucción: nada habita
ya estas tierras. Y yo me congratulo de ello.
Nada espabila más mi ánimo apesadumbrado
que ese coraje que otorga
moverse entre desiertos y sogas establecidas
de antemano.
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