Luis Libra
Atención: poeta en obras
`
De entre mis múltiples observaciones existenciales
hoy deduzco:
que los gorriones de ciudad
son más osados que los camperos,
adaptándose mejor al medio extraño
y empatizando en mayor medida
con especies diferentes a la suya.
Que el lobo feroz, el oso amoroso
y el elefante glotón
son radicalmente exterminados,
de común acuerdo, en ambientes rurales
no protegidos,
al igual que cualquier ente nuevo
que interfiera de forma inmediata
en la bucólica rutina del gran jefe humano.
También, que el pan de pueblo está más rico
y es más sano. Que ahí no residen
miniperros con bufanda ni jerséis,
y sus pintores y poetas son retratistas
encarnizados y líricos hasta la extenuación
de su entrañable hábitat
(o que en el campo el feminismo resulta castrante
y atenta contra el entramado supervivencial
de la feliz familia Ingalls de turno)
... Pero por otro lado, el tiempo,
visto a largo plazo, es más próvido
cuando corre más despacio.
Asimismo, y sumergiéndonos en latitudes
de carácter biosociológicas,
se diría que las apreturas demográficas,
la polución atmosférica y el stress,
a pesar de la machacona
y estúpida publicidad reinante,
exprimen más las neuronas,
aunque a la vez complican y acortan la vida
(pues el paraíso rural tiene más efectos
conservantes que los ultraprocesados
para microondas del jodido Carrefur)
Lo cual, matemáticamente hablando,
nos llevaría a que
X e Y son como E.T. y el oso cavernario,
o sea, que uno tiende al infinito
y otro se duerme en él.
O finalmente, y expuesto de manera más sencilla:
que los gorriones de pueblo nunca probarán el sushi,
y aún menos verán
un concierto de los ACDC
mientras disfrutan de una bonita sesión
de sexo oral desde el balcón de la torre de enfrente
y junto el hocico arrugado de una gárgola
bicentenaria, colocados hasta las cejas
de monóxido de carbono y NO2
gratis bajo la luna.
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De entre mis múltiples observaciones existenciales
hoy deduzco:
que los gorriones de ciudad
son más osados que los camperos,
adaptándose mejor al medio extraño
y empatizando en mayor medida
con especies diferentes a la suya.
Que el lobo feroz, el oso amoroso
y el elefante glotón
son radicalmente exterminados,
de común acuerdo, en ambientes rurales
no protegidos,
al igual que cualquier ente nuevo
que interfiera de forma inmediata
en la bucólica rutina del gran jefe humano.
También, que el pan de pueblo está más rico
y es más sano. Que ahí no residen
miniperros con bufanda ni jerséis,
y sus pintores y poetas son retratistas
encarnizados y líricos hasta la extenuación
de su entrañable hábitat
(o que en el campo el feminismo resulta castrante
y atenta contra el entramado supervivencial
de la feliz familia Ingalls de turno)
... Pero por otro lado, el tiempo,
visto a largo plazo, es más próvido
cuando corre más despacio.
Asimismo, y sumergiéndonos en latitudes
de carácter biosociológicas,
se diría que las apreturas demográficas,
la polución atmosférica y el stress,
a pesar de la machacona
y estúpida publicidad reinante,
exprimen más las neuronas,
aunque a la vez complican y acortan la vida
(pues el paraíso rural tiene más efectos
conservantes que los ultraprocesados
para microondas del jodido Carrefur)
Lo cual, matemáticamente hablando,
nos llevaría a que
X e Y son como E.T. y el oso cavernario,
o sea, que uno tiende al infinito
y otro se duerme en él.
O finalmente, y expuesto de manera más sencilla:
que los gorriones de pueblo nunca probarán el sushi,
y aún menos verán
un concierto de los ACDC
mientras disfrutan de una bonita sesión
de sexo oral desde el balcón de la torre de enfrente
y junto el hocico arrugado de una gárgola
bicentenaria, colocados hasta las cejas
de monóxido de carbono y NO2
gratis bajo la luna.
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