Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Tú, que hojeas el álbum de los días como quien descifra un telegrama en clave, ¿no escuchas ese rumor bajo la piel del silencio? Es ella, o es su sombra, la que desordena los cajones de la memoria. Te dices: *«Aquella mañana de lluvia, cuando el café frío dibujaba anillos en la mesa, juré no volver a nombrarla»*. Pero la boca traiciona, y ahora repites su nombre como un exorcismo en reversa, invocando lo que ya no cabe en los relojes.
Ahí está, en el quicio de la puerta, con su vestido de ausencia. Le preguntas: *«¿Por qué te quedas suspendida como un acorde de piano que nadie termina?»*. Y ella, hecha de ecos, responde: *«Porque tú me escribiste en tinta invisible, entre las líneas de todos los libros que nunca leíste»*.
Los amores son laberintos de yeso: se deshacen con la humedad de una lágrima. Te miras en el espejo del baño a las tres de la madrugada y allí estoy yo, tu doble cansado, repitiendo: *«Busca en los bolsillos del invierno, allí guardaste las monedas de plata para pagar al barquero»*. Pero el río se secó, amigo, y solo queda el puente de preguntas sin respuestas.
Ella ahora es una melodía que tarareas en el metro, un verso de Dylan Thomas mal pronunciado, la hendija por donde se cuela el viento. *«¿Ves?»*, te dices mientras apagas la lámpara, *«el amor no se va: se pliega como un mapa antiguo, se vuelve geografía de cicatrices»*. Y en la oscuridad, tu otra voz —la que colecciona sellos de países inexistentes— susurra: *«Pero qué hermoso era perderse en sus fronteras»*.
Cierras los ojos. En el sueño, una partícula de polvo baila sobre el disco de *Kind of Blue*, y Miles toca para nadie. Tú y yo, los dos que fuimos, aplaudimos en silencio.
Ahí está, en el quicio de la puerta, con su vestido de ausencia. Le preguntas: *«¿Por qué te quedas suspendida como un acorde de piano que nadie termina?»*. Y ella, hecha de ecos, responde: *«Porque tú me escribiste en tinta invisible, entre las líneas de todos los libros que nunca leíste»*.
Los amores son laberintos de yeso: se deshacen con la humedad de una lágrima. Te miras en el espejo del baño a las tres de la madrugada y allí estoy yo, tu doble cansado, repitiendo: *«Busca en los bolsillos del invierno, allí guardaste las monedas de plata para pagar al barquero»*. Pero el río se secó, amigo, y solo queda el puente de preguntas sin respuestas.
Ella ahora es una melodía que tarareas en el metro, un verso de Dylan Thomas mal pronunciado, la hendija por donde se cuela el viento. *«¿Ves?»*, te dices mientras apagas la lámpara, *«el amor no se va: se pliega como un mapa antiguo, se vuelve geografía de cicatrices»*. Y en la oscuridad, tu otra voz —la que colecciona sellos de países inexistentes— susurra: *«Pero qué hermoso era perderse en sus fronteras»*.
Cierras los ojos. En el sueño, una partícula de polvo baila sobre el disco de *Kind of Blue*, y Miles toca para nadie. Tú y yo, los dos que fuimos, aplaudimos en silencio.