BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Así como la tierra, de luz llena,
nos muestra sólo dulces halos
de misteriosas nieblas, y los llanos,
húmedos de flores ignotas, en gotas
de aire se nos revelan, así la vida,
cuando apenas percibimos, su cálido
latido como un tierno emblema, se nos
insinúa dúctil y domeñable, en nuestros
primeros días, en nuestras primeras horas.
Y, como al correr los días, y volverse amargas,
las encomiadas horas, descifrando entonces
su sentido oculto, y su misterio anodino,
y su tenue e impredecible esencia, el hastío
combatido, y el amor al descubierto,
preferimos zafarnos de su inútil gloria.
Es así que buscamos con afán denodado
y con tierna desmemoria, la locura primera,
junto al original delirio. Viendo entonces
imposible cifrar nuestros deseos en cosas
concretas, nos deslizamos hacia ese punto
oscuro en que, olvidados de todo, elegimos
por respuesta, el silencio. Esperando, ocultos,
a que el tiempo nos acoja, con sus rostros sucesivos
y diversos, con calma, como la rama sobre
la corriente. Y es así que nuestro rostro y nuestra alma,
se ajan, procurando tener, en instantes, lo que se
tardó en conquistar toda una vida.
Y recibimos como una empresa improbable
el beso que nos da, pues nos parece sobrante.
Y la armonía pasada, ya nos parece poca cosa
en el presente.
Todo bien nos resulta incómodo, superfluo, anodino,
efímero y dotado de escasa gracia; y toda locura, toda
extravagancia, y toda excentricidad, de nuestra parte,
poca. Es así que sólo vemos en estos momentos, la parte
insustancial de la vida, su parte menos gloriosa.
Tanto, que solemos caer en el olvido de nosotros mismos,
provocando a nuestro alrededor, desánimo, tristeza,
dolor, aullido. Esmerándonos en recibir entonces,
toda la alegría en su justa medida, nos confabulamos
contra lo que sea, el orden establecido, las fórmulas religiosas,
y ese largo etc que compone nuestra idiosincrasia habitual.
Y viendo que aquel, tampoco es el camino, nos proveemos
de poesía, literatura, odios y amores, cuya cualidad fundamental
sea, la de sernos ajenos por completo.
Preferimos de repente, asuntos viscerales
protagonizados por otros, guerras o conflictos
lejanos y distantes, que nos hagan albergar la
estúpida esperanza de que aquí no pasan esas cosas.
Pero he aquí que la vida nos ataca y nos hace regresar
de esas furtivas comodidades y de esas frívolas inconsecuencias.
Y vemos que el alma continúa adormecida,
que el cuerpo, permanece inmóvil en su herida,
y, ni el llanto, ni la conjura provisional de nuestros
fantasmas, atraen sobre nosotros más que pesadillas
y desgaste.
No queremos odiar, mas tampoco amar;
nos dedicamos a glosar la existencia, torpemente.
Elegimos el combate, desde lejos.
Y nuestra paciencia y nuestro ardor de antaño,
simplemente se apaciguan.
Las cosas, sus valores, las evaluaciones
que de ellas poseemos, son tan pobres y tan
mecánicas, que sólo nos incomodan y nos empobrecen.
Los daños, los amores, las magulladuras propias
de cierta edad, las concebimos prácticamente
como un insulto, una astucia dispuesta en derredor
para asestarnos el último golpe de gracia.
nos muestra sólo dulces halos
de misteriosas nieblas, y los llanos,
húmedos de flores ignotas, en gotas
de aire se nos revelan, así la vida,
cuando apenas percibimos, su cálido
latido como un tierno emblema, se nos
insinúa dúctil y domeñable, en nuestros
primeros días, en nuestras primeras horas.
Y, como al correr los días, y volverse amargas,
las encomiadas horas, descifrando entonces
su sentido oculto, y su misterio anodino,
y su tenue e impredecible esencia, el hastío
combatido, y el amor al descubierto,
preferimos zafarnos de su inútil gloria.
Es así que buscamos con afán denodado
y con tierna desmemoria, la locura primera,
junto al original delirio. Viendo entonces
imposible cifrar nuestros deseos en cosas
concretas, nos deslizamos hacia ese punto
oscuro en que, olvidados de todo, elegimos
por respuesta, el silencio. Esperando, ocultos,
a que el tiempo nos acoja, con sus rostros sucesivos
y diversos, con calma, como la rama sobre
la corriente. Y es así que nuestro rostro y nuestra alma,
se ajan, procurando tener, en instantes, lo que se
tardó en conquistar toda una vida.
Y recibimos como una empresa improbable
el beso que nos da, pues nos parece sobrante.
Y la armonía pasada, ya nos parece poca cosa
en el presente.
Todo bien nos resulta incómodo, superfluo, anodino,
efímero y dotado de escasa gracia; y toda locura, toda
extravagancia, y toda excentricidad, de nuestra parte,
poca. Es así que sólo vemos en estos momentos, la parte
insustancial de la vida, su parte menos gloriosa.
Tanto, que solemos caer en el olvido de nosotros mismos,
provocando a nuestro alrededor, desánimo, tristeza,
dolor, aullido. Esmerándonos en recibir entonces,
toda la alegría en su justa medida, nos confabulamos
contra lo que sea, el orden establecido, las fórmulas religiosas,
y ese largo etc que compone nuestra idiosincrasia habitual.
Y viendo que aquel, tampoco es el camino, nos proveemos
de poesía, literatura, odios y amores, cuya cualidad fundamental
sea, la de sernos ajenos por completo.
Preferimos de repente, asuntos viscerales
protagonizados por otros, guerras o conflictos
lejanos y distantes, que nos hagan albergar la
estúpida esperanza de que aquí no pasan esas cosas.
Pero he aquí que la vida nos ataca y nos hace regresar
de esas furtivas comodidades y de esas frívolas inconsecuencias.
Y vemos que el alma continúa adormecida,
que el cuerpo, permanece inmóvil en su herida,
y, ni el llanto, ni la conjura provisional de nuestros
fantasmas, atraen sobre nosotros más que pesadillas
y desgaste.
No queremos odiar, mas tampoco amar;
nos dedicamos a glosar la existencia, torpemente.
Elegimos el combate, desde lejos.
Y nuestra paciencia y nuestro ardor de antaño,
simplemente se apaciguan.
Las cosas, sus valores, las evaluaciones
que de ellas poseemos, son tan pobres y tan
mecánicas, que sólo nos incomodan y nos empobrecen.
Los daños, los amores, las magulladuras propias
de cierta edad, las concebimos prácticamente
como un insulto, una astucia dispuesta en derredor
para asestarnos el último golpe de gracia.