Nunca tan desterrada,
Jueves.
Nunca con tanta y tan poca primavera,
tanta en las venas
y en la piel de azahar,
tan poca en la distancia
y en la pena,
tan lejos la acera de mis pies,
tan cerca la garganta
ahogada.
Para que el corazón
no emigre para siempre
de esta tierra
que en Abril no revienta
ni de aromas ni de verde ni de rojo
ni de plata mecida
ni de oro cantado,
ni de “amargura”,
que de lejos resuena en mis oídos grabada.
Si hay un día que pierdo vida
hoy la pierdo cada año.
Si me quedo porque te añoro,
si me voy porque me derramo,
por no abarcar todo tu solsticio
en cinco días escasos.
Me clavas tus garras blancas,
Sevilla.
Con tu “Silencio” primero,
después con tu “Paloma Verde”
como a veces con retraso
enmarcando la Sierpes
de amanecida,
y con tus pasitos pequeños como geisha,
y largos después como diosa,
hecha para recibir los sentimientos
de quien los tiene y los arroja.
Tú, esculpida a la medida de algunos,
lujosa como Cleopatra,
con lágrimas siempre,
pero sin pena dentro.
Eres capaz de recibir a chorros
tantos piropos,
tantos lamentos…
Tuviste que ser inerte
para salir los Jueves
de varios siglos engarzados
y no perder tu belleza
con rosas blancas rodeada.
Llegar hasta mí siempre
en Jueves de madrugada
dejándome tu imagen clara
en mis ojos dibujada,
un dolor en el pecho
que tus pequeñas espadas
me arrojan de tan lejos
siendo de piedra tu alma.
Me quiero adormecer
con el roce de tu palio
con el verde de tu esperanza
con el golpe de tu “alzada”,
y no sentirme como tantas veces
sola de madrugada.
Jueves.
Nunca con tanta y tan poca primavera,
tanta en las venas
y en la piel de azahar,
tan poca en la distancia
y en la pena,
tan lejos la acera de mis pies,
tan cerca la garganta
ahogada.
Para que el corazón
no emigre para siempre
de esta tierra
que en Abril no revienta
ni de aromas ni de verde ni de rojo
ni de plata mecida
ni de oro cantado,
ni de “amargura”,
que de lejos resuena en mis oídos grabada.
Si hay un día que pierdo vida
hoy la pierdo cada año.
Si me quedo porque te añoro,
si me voy porque me derramo,
por no abarcar todo tu solsticio
en cinco días escasos.
Me clavas tus garras blancas,
Sevilla.
Con tu “Silencio” primero,
después con tu “Paloma Verde”
como a veces con retraso
enmarcando la Sierpes
de amanecida,
y con tus pasitos pequeños como geisha,
y largos después como diosa,
hecha para recibir los sentimientos
de quien los tiene y los arroja.
Tú, esculpida a la medida de algunos,
lujosa como Cleopatra,
con lágrimas siempre,
pero sin pena dentro.
Eres capaz de recibir a chorros
tantos piropos,
tantos lamentos…
Tuviste que ser inerte
para salir los Jueves
de varios siglos engarzados
y no perder tu belleza
con rosas blancas rodeada.
Llegar hasta mí siempre
en Jueves de madrugada
dejándome tu imagen clara
en mis ojos dibujada,
un dolor en el pecho
que tus pequeñas espadas
me arrojan de tan lejos
siendo de piedra tu alma.
Me quiero adormecer
con el roce de tu palio
con el verde de tu esperanza
con el golpe de tu “alzada”,
y no sentirme como tantas veces
sola de madrugada.