ivoralgor
Poeta fiel al portal
Una mañana cálida resplandeció en las sienes de las sábanas. Los recovecos de las caricias emanaban un aroma refresco, como la piel que cubre a las rosas cuando nacen por la noche. Urgía cambiar de piel para avivar los besos que se escondieron en un claustro de dioses olvidados. Con algo de pereza se desnudó el lirio que contemplaba los bostezos del sol al despertar; la ventana aún se bañaba con el rocío y una salamandra moría solitaria al pie de una enclenque hoja de papel en blanco.
El reloj aprisionaba al tiempo en sus manecillas, lo detenía a todo galope, a toda costa; quería que no se fuera de sus metálicas caricias. Renuncié a abrir los ojos antes del primer pensamiento que evolucionaba en mi soñolienta mente. Desgajé un rubor a la foto, con vida en blanco y negro, al verme desnudo del alma. No le di importancia al hecho. Proseguí humectando los lazos de soledad que apañaban las patas de la cama, los ojos del buró, el alma de la almohada.
Al fin abrí los ojos. Un pensamiento fugaz. Volví a cerrar los ojos y me recosté de nuevo. No quería dejarla escapar de mis labios, la detenía a todo galope, a toda costa; quería que no se fuera de mi necesidad de amarla. Renuncié a abrir los ojos antes de dejarla escapar por el obelisco de mi impaciencia. Desgajé un gemido a la hoja en blanco y la salamandra jadeó muriendo al instante. Ya no importaba el hecho. Proseguí soñando, desnudo del alma, agazapado en las sienes de las sábanas. Las patas de la cama sollozaron, los ojos del buró se abrieron y el alma de la almohada se fugó con el suspiro del último beso que ella me dio.
Una mañana cálida, un pensamiento fugaz y yo desnudo del alma.
[video=youtube;mIhI23gBBPQ]http://www.youtube.com/watch?v=mIhI23gBBPQ[/video]
El reloj aprisionaba al tiempo en sus manecillas, lo detenía a todo galope, a toda costa; quería que no se fuera de sus metálicas caricias. Renuncié a abrir los ojos antes del primer pensamiento que evolucionaba en mi soñolienta mente. Desgajé un rubor a la foto, con vida en blanco y negro, al verme desnudo del alma. No le di importancia al hecho. Proseguí humectando los lazos de soledad que apañaban las patas de la cama, los ojos del buró, el alma de la almohada.
Al fin abrí los ojos. Un pensamiento fugaz. Volví a cerrar los ojos y me recosté de nuevo. No quería dejarla escapar de mis labios, la detenía a todo galope, a toda costa; quería que no se fuera de mi necesidad de amarla. Renuncié a abrir los ojos antes de dejarla escapar por el obelisco de mi impaciencia. Desgajé un gemido a la hoja en blanco y la salamandra jadeó muriendo al instante. Ya no importaba el hecho. Proseguí soñando, desnudo del alma, agazapado en las sienes de las sábanas. Las patas de la cama sollozaron, los ojos del buró se abrieron y el alma de la almohada se fugó con el suspiro del último beso que ella me dio.
Una mañana cálida, un pensamiento fugaz y yo desnudo del alma.
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