Chris hoe
Poeta recién llegado
Después del fin nos marchamos, como lo hacen los soldados, entre las botas comprendí, que mi única forma era la de amarnos.
En la triste guerra, nos desarmaron, un poco de agua y media cuarta de clavos, para que nos pusieran pijamas de esclavos, la medalla de honor: oro laminado, tu solo perdías la batalla ensangrentado.
La pluma de ave muerta, atravesada por la bala calibre: odio, una escopeta enmarcada: directa al purgatorio. Un sombrero verde, código diamante, en el rango de teniente estaban tus hijos en el orfanatorio.
El saludo en la frente, un coronel me galardonaba. Un payaso de globos rojos, la festividad en lo frecuente. Mil hombres muertos le hacen fiesta, cada niño hambriento abraza al que miente.
Mi camisa amarilla, un pringue de alcohol impertinente, marcaba las nueve. El pasado un capitán en la elite marcial, un soldado sediento, así es como se mueve.
Las tropas en colas, un banderín por cada: muerto, el honor en el orgullo, las manos despidiendo, a los barcos en cada puerto. La familia lo volvería a ver en la celebridad de su entierro.
Mil noches despertaban los sueños con vino, una copa cristalizada en cada orden de lo que cumplimos. Un mar rojo, no de nombre sino de color, la batalla de los mandos, asesinaban a cada camarada, esa noche nosotros fuimos.
Sordo por el cañón, la pólvora iluminada, una bala perdida en cada casco, alguien ponía una mirada. Dolor de gritos, el diablo enaltecido, la falta de dios en las olas de cada guerra, ponían el rugir de cada ira.
Soy un veterano de cada casquillo tirado, ayude a las milicias de cada comando, el sabor de victoria solo me provocaba fracasos. Muerto en vida, mi vida enterrada, el amigo asesinado, mi batalla no era guerra, solo eran mis grandes casos.
El campo de lucha estaba terminado, el barrendero buscaba la cara de un forastero, una luna secada en miel de clavos, estábamos en el lugar donde yo fui asesinado.
En la triste guerra, nos desarmaron, un poco de agua y media cuarta de clavos, para que nos pusieran pijamas de esclavos, la medalla de honor: oro laminado, tu solo perdías la batalla ensangrentado.
La pluma de ave muerta, atravesada por la bala calibre: odio, una escopeta enmarcada: directa al purgatorio. Un sombrero verde, código diamante, en el rango de teniente estaban tus hijos en el orfanatorio.
El saludo en la frente, un coronel me galardonaba. Un payaso de globos rojos, la festividad en lo frecuente. Mil hombres muertos le hacen fiesta, cada niño hambriento abraza al que miente.
Mi camisa amarilla, un pringue de alcohol impertinente, marcaba las nueve. El pasado un capitán en la elite marcial, un soldado sediento, así es como se mueve.
Las tropas en colas, un banderín por cada: muerto, el honor en el orgullo, las manos despidiendo, a los barcos en cada puerto. La familia lo volvería a ver en la celebridad de su entierro.
Mil noches despertaban los sueños con vino, una copa cristalizada en cada orden de lo que cumplimos. Un mar rojo, no de nombre sino de color, la batalla de los mandos, asesinaban a cada camarada, esa noche nosotros fuimos.
Sordo por el cañón, la pólvora iluminada, una bala perdida en cada casco, alguien ponía una mirada. Dolor de gritos, el diablo enaltecido, la falta de dios en las olas de cada guerra, ponían el rugir de cada ira.
Soy un veterano de cada casquillo tirado, ayude a las milicias de cada comando, el sabor de victoria solo me provocaba fracasos. Muerto en vida, mi vida enterrada, el amigo asesinado, mi batalla no era guerra, solo eran mis grandes casos.
El campo de lucha estaba terminado, el barrendero buscaba la cara de un forastero, una luna secada en miel de clavos, estábamos en el lugar donde yo fui asesinado.