Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
“Detente un instante caminante y duélete conmigo de la perdida de Lidia, mi hija, a quien se llevó Hades sin que llegase a ser madre”
En el recodo de un camino apenas transitado, casi oculto por la maraña de hierbas y de zarzas se adivina, más que se ve, un monumento funerario. Mármol desgastado por siglos de lluvias e intemperie que ofrece sus letras como una oración al extranjero que por allí pasa. La curiosidad me empuja a desbrozar la hierba de llamuerga que lo rodea. Una piedra tallada muestra una mujer que juega con un perro y bajo la figura un epigrama con líneas ligeramente desdibujadas, muestra en dórico la inscripción que enseño arriba ya traducida.
Me llama, no cabe duda, se dirige a mí; “detente caminante”, porque seguramente quien encargó la frase quería que su dolor fuese compartido; como si supiese que veintidós siglos después mis pasos me guiarían hasta ella. “Duélete”, pues el dolor inunda el pecho de aquel padre y se derrama sobre el mármol y permanece en el tiempo y el espacio hasta encontrar refugio en mis ojos y llegar su congoja hasta el corazón. Trascienden esas letras, como un lamento que el poeta escribe en hexámetros dactílicos, para envolver la pena, esa pena que es tan difícil de explicar cuando los padres tienen que entregar a la tierra los cuerpos de los hijos. Y me llegan las palabras como golpes a la conciencia y, de forma casi inexplicable, se me crea un nudo en las entrañas.
“Sin que llegase a ser madre”, sin dejar rastro en el mundo más que las frías letras en un mármol perdido, en el camino que atraviesa el bosque de olivos retorcidos y añosos. Madre que hubiese dado nietos a quienes la lloran en ese perdurar de piedra, gentes que hace ya tanto que desaparecieron.
Reposan mis manos en el monumento, un rayo de sol ilumina la figura y entre las ramas de los olivos se abre el azul del cielo. Ese cielo en que me gustaría que Lidia hubiese encontrado de nuevo los brazos de quienes la lloraron.
Me levanto y continúo mi camino. En lo alto, un bando de somormujos dibuja una uve, mientras buscan agua en la que refugiarse.
En el recodo de un camino apenas transitado, casi oculto por la maraña de hierbas y de zarzas se adivina, más que se ve, un monumento funerario. Mármol desgastado por siglos de lluvias e intemperie que ofrece sus letras como una oración al extranjero que por allí pasa. La curiosidad me empuja a desbrozar la hierba de llamuerga que lo rodea. Una piedra tallada muestra una mujer que juega con un perro y bajo la figura un epigrama con líneas ligeramente desdibujadas, muestra en dórico la inscripción que enseño arriba ya traducida.
Me llama, no cabe duda, se dirige a mí; “detente caminante”, porque seguramente quien encargó la frase quería que su dolor fuese compartido; como si supiese que veintidós siglos después mis pasos me guiarían hasta ella. “Duélete”, pues el dolor inunda el pecho de aquel padre y se derrama sobre el mármol y permanece en el tiempo y el espacio hasta encontrar refugio en mis ojos y llegar su congoja hasta el corazón. Trascienden esas letras, como un lamento que el poeta escribe en hexámetros dactílicos, para envolver la pena, esa pena que es tan difícil de explicar cuando los padres tienen que entregar a la tierra los cuerpos de los hijos. Y me llegan las palabras como golpes a la conciencia y, de forma casi inexplicable, se me crea un nudo en las entrañas.
“Sin que llegase a ser madre”, sin dejar rastro en el mundo más que las frías letras en un mármol perdido, en el camino que atraviesa el bosque de olivos retorcidos y añosos. Madre que hubiese dado nietos a quienes la lloran en ese perdurar de piedra, gentes que hace ya tanto que desaparecieron.
Reposan mis manos en el monumento, un rayo de sol ilumina la figura y entre las ramas de los olivos se abre el azul del cielo. Ese cielo en que me gustaría que Lidia hubiese encontrado de nuevo los brazos de quienes la lloraron.
Me levanto y continúo mi camino. En lo alto, un bando de somormujos dibuja una uve, mientras buscan agua en la que refugiarse.
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