la musica en los balcones
Poeta recién llegado
A veces no llegaba a tiempo y el asiento estaba ocupado, entonces me sentaba justo detrás de él, separados por una mampara de cristal ahumado, en la que cada semana colgaban la publicidad de una pequeña sala de teatro que había en el barrio, la vida es sueño, de Calderón de la Barca, estrenaban el sábado. Desde esa posición no podia verlo, pero era igualmente excitante, a veces le oía tararear, otras silbar, y en algún semáforo que otro, si el ruido exterior lo permitía, sentía su respiración. Con alguna excusa hurgaba en mi mochila, inclinando el cuerpo hacia delante lo mas posible para olerle, luego, solicitaba mi parada desde el boton rojo de la barra mas cercana a la puerta del centro, desde ahí podia ver con claridad el semáforo que seguia inmediato a mi bajada, si estaba en verde, me entretenia parsimoniosamente en mi salida y si lo pillaba en rojo, bajaba rápidamente para pasar por delante de él. Me daba mucha vergüenza que alguien pudiera adivinar mis triquiñuelas o que él mismo se percatara, pero lo repetía cada dia, y así lo hice durante años, siete años y dos meses para ser exacto, pero un dia, después de bajar rápidamente, al pasar delante suyo me atreví a mirarlo y fué lo ultimo que vi. Hoy no escucho de silbar ni tararear, tan solo oigo ese maldito sonido, como cuando un dragón abre la boca y saca la lengua expulsando aire comprimido, entonces me subo de espaldas, sentada ya en mi asiento, desde donde ya no puedo ver si el semáforo está en rojo o en verde, ni el cartel de la obra que estrenan este sábado en el teatro del barrio.