Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hubo un tiempo en que el viento era nuestro,
corríamos libres, sin miedo al reloj,
las tardes cabían en un solo sueño,
el mundo era un mapa sin sombra y sin voz.
Éramos hojas danzando en la brisa,
olas que juegan sin miedo a la orilla,
risas que el eco llevó por la vida,
sin preguntar si un final llegaría.
Pero la arena, callada y paciente,
se fue desgranando en el viejo reloj,
y aquel horizonte de soles dorados
se pierde en la niebla de un tiempo que huyó.
Ahora la vida nos viste de otoños,
hojas que saben que un día caerán,
pero en el alma florece el recuerdo,
como un jardín que no muere jamás.
Porque la juventud no es solo un instante,
ni un río que huye sin regresar,
vive en las sombras de todo lo amado,
y nunca muere si sabe esperar.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
corríamos libres, sin miedo al reloj,
las tardes cabían en un solo sueño,
el mundo era un mapa sin sombra y sin voz.
Éramos hojas danzando en la brisa,
olas que juegan sin miedo a la orilla,
risas que el eco llevó por la vida,
sin preguntar si un final llegaría.
Pero la arena, callada y paciente,
se fue desgranando en el viejo reloj,
y aquel horizonte de soles dorados
se pierde en la niebla de un tiempo que huyó.
Ahora la vida nos viste de otoños,
hojas que saben que un día caerán,
pero en el alma florece el recuerdo,
como un jardín que no muere jamás.
Porque la juventud no es solo un instante,
ni un río que huye sin regresar,
vive en las sombras de todo lo amado,
y nunca muere si sabe esperar.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados