Días que pasan...

La luz se resbala entre las cortinas,
el ropero intenta ponerse de pie,
el piso sigue aun marcado con cicatrices
y la agonía danzante me despierta todos los días a las diez,
excepto los domingos,
ese día a veces suele tomarse francos.
Sé que el monstruo se encuentra aún allí,
se que me quiere ver revivir.
Siento el vapor congestionado del té que suele beber.
Sé que le gusta empalagarse con mis libros,
sé que de vez en cuando toma duchas largas,
y suele decaer como un soldado guerrillero junto al inodoro.
Sé que pasa horas y horas apegado al ayer,
sé también su marca de cigarrillos preferida.
Sé que le molestan las pelusas que deja el gato,
sé cuantas lágrimas caben en cada pañuelo caído bajo la alfombra.
Sé de todos los colores que suelen teñirse sus pesadillas,
sé la ubicación de cada uno de sus infiernos. Me sé de memoria cada una,
y cada parte de sus tantas máscaras,
así también,
como cada palabra que cae como teflón al piso.
Puedo descifrar hasta la más falsa de sus sonrisas
y adivinar la agonía que trepa por su larga garganta.
El monstruo hace tiempo dejo una carta,
en la cual me notificaba que se iba a mudar,
pero el alma es un lugar muy frío en el cual de vez en cuando,
se muere lentamente.
 

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