daniel amaya
Poeta fiel al portal
Cuando era niño,
desperté de un sueño longevo,
las puertas con seguro
ventanas a ciegas,
en las paredes moran
los cuadros añejos de la melancolía.
Siempre quise ser un recuerdo pasado
quizá hay un tono de amor
y una lágrima sonriente,
allí deben estar las mañanas
que nombran blancas.
El esfuerzo de querer saber todo
como una vasija en la intemperie…
El recuerdo más profundo
de niño es una metáfora,
un sueño constante en el tiempo
y una idea hipérbole.
De niño un día desperté
con alas en la espalda,
y por la ventana se oían niños en el viento
jugueteando con la ramas de los árboles,
¿si no pasaba el umbral de la ventana ciega
nunca mi sueño volaría conmigo?
¡volé,
volé
volé…!
de niño siempre
quise ser un ave
burlarme de las lanzas
y de los cuchillos,
¡volar,
volar,
volar!
El tiempo ha colocado bases,
ha dejado una barrera para olas,
la melancolía nace despacio
creando un vacío espacioso
donde se almacenan momentos lejanos,
fríos, distantes, muertos, tristes…
He perdido parte,
he buscado en un pozo alcohólico
nada nunca me regresa,
todo me hace resguardar
en las barreras que el tiempo acomoda.
Hay algo que acongoja flotando en el espacio
un sentimiento familiar en el almuerzo,
mueve estrechos y cura drenajes,
quizá he avanzado tanto
que mis recuerdos se quiebran en el piso,
he de tener el corazón de un anciano olvidado,
de un árbol sin respeto o del espíritu de una mascota en la infancia,
he de parecerme al tiempo…
De niño un día desperté ajeno,
forastero, libre…
en mi corazón las estrellas eran el camino
de vivir en paz en mí mismo,
los brazos de las aureolas sujetaban mi cuerpo
desde la cabecera de mi cama,
era prófugo
un baluarte pisando carreteras solitarias,
compitiendo con el viento por el polvo,
así de foráneo a la quietud y preso de los impulsos fui…
desperté de un sueño longevo,
las puertas con seguro
ventanas a ciegas,
en las paredes moran
los cuadros añejos de la melancolía.
Siempre quise ser un recuerdo pasado
quizá hay un tono de amor
y una lágrima sonriente,
allí deben estar las mañanas
que nombran blancas.
El esfuerzo de querer saber todo
como una vasija en la intemperie…
El recuerdo más profundo
de niño es una metáfora,
un sueño constante en el tiempo
y una idea hipérbole.
De niño un día desperté
con alas en la espalda,
y por la ventana se oían niños en el viento
jugueteando con la ramas de los árboles,
¿si no pasaba el umbral de la ventana ciega
nunca mi sueño volaría conmigo?
¡volé,
volé
volé…!
de niño siempre
quise ser un ave
burlarme de las lanzas
y de los cuchillos,
¡volar,
volar,
volar!
El tiempo ha colocado bases,
ha dejado una barrera para olas,
la melancolía nace despacio
creando un vacío espacioso
donde se almacenan momentos lejanos,
fríos, distantes, muertos, tristes…
He perdido parte,
he buscado en un pozo alcohólico
nada nunca me regresa,
todo me hace resguardar
en las barreras que el tiempo acomoda.
Hay algo que acongoja flotando en el espacio
un sentimiento familiar en el almuerzo,
mueve estrechos y cura drenajes,
quizá he avanzado tanto
que mis recuerdos se quiebran en el piso,
he de tener el corazón de un anciano olvidado,
de un árbol sin respeto o del espíritu de una mascota en la infancia,
he de parecerme al tiempo…
De niño un día desperté ajeno,
forastero, libre…
en mi corazón las estrellas eran el camino
de vivir en paz en mí mismo,
los brazos de las aureolas sujetaban mi cuerpo
desde la cabecera de mi cama,
era prófugo
un baluarte pisando carreteras solitarias,
compitiendo con el viento por el polvo,
así de foráneo a la quietud y preso de los impulsos fui…
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