rebecca zuñiga
Poeta recién llegado
Sería curioso pensar que el amor después del amor se muere,
pero el amor no muere,
como siempre se nos ha dicho.
Si alguien que amamos no hizo más que rompernos en cientos de pedazos, ¿qué garantía hay que no vuelva a pasar?
¿Acaso esperamos por un príncipe que no existe?
Volver a amar nos atemoriza.
El habernos desgastado amando deja enmarcados en la memoria nuevos esquemas que nos hace volvernos desconfiados y paranoicos.
No dejamos más que de comparar el ayer con el hoy,
uniendo cabos que a lo mejor nunca existieron, pero que ahora existen.
¿En qué momento es que el amor deja de ser nuestro aliado y se convierte en nuestro enemigo a muerte?
La memoria no se pierde,
siempre hay algo que sobrevive cada día,
y el verlo,
oírlo,
inclusive,
sentirlo a lo lejos,
no hacen más que resucitar un ayer pantanoso que hubiera sido mejor no vivirlo.
Pueden venir nuevas pasiones,
pero siempre el ayer existe: el culpable de lo que somos hoy,
el causante de la armadura que usamos hoy para protegernos no del frío sino de la guerra que le declaramos al amor.
¿Y qué pasa con la acción de extrañar?
¿Cuándo es que dejamos de sentir para sentir por otro lo que una vez sentimos y
que hoy no hace más que estorbarnos?
pero el amor no muere,
como siempre se nos ha dicho.
Si alguien que amamos no hizo más que rompernos en cientos de pedazos, ¿qué garantía hay que no vuelva a pasar?
¿Acaso esperamos por un príncipe que no existe?
Volver a amar nos atemoriza.
El habernos desgastado amando deja enmarcados en la memoria nuevos esquemas que nos hace volvernos desconfiados y paranoicos.
No dejamos más que de comparar el ayer con el hoy,
uniendo cabos que a lo mejor nunca existieron, pero que ahora existen.
¿En qué momento es que el amor deja de ser nuestro aliado y se convierte en nuestro enemigo a muerte?
La memoria no se pierde,
siempre hay algo que sobrevive cada día,
y el verlo,
oírlo,
inclusive,
sentirlo a lo lejos,
no hacen más que resucitar un ayer pantanoso que hubiera sido mejor no vivirlo.
Pueden venir nuevas pasiones,
pero siempre el ayer existe: el culpable de lo que somos hoy,
el causante de la armadura que usamos hoy para protegernos no del frío sino de la guerra que le declaramos al amor.
¿Y qué pasa con la acción de extrañar?
¿Cuándo es que dejamos de sentir para sentir por otro lo que una vez sentimos y
que hoy no hace más que estorbarnos?