Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Duele aquí, donde no se ve.
En el lugar donde guardo los juguetes rotos y los silencios que nadie escucha.
Cuando ellos gritan, yo me hago pequeño, como si encogerme pudiera salvarme de las palabras que cortan más que un cinturón.
Duele cuando mamá llora en la cocina y papá golpea las paredes como si el ruido pudiera tapar el miedo.
Yo quisiera tener alas para volar por la ventana, pero solo tengo un cuaderno donde dibujo casas con puertas abiertas y abrazos que no se esconden.
Duele de adentro porque no es mi culpa, pero siento que lo es.
Porque quiero arreglarlos, unirlos, callar sus enojos con un “ya basta” que mi voz pequeña no logra gritar.
Y aunque nadie lo ve, en mis ojos caben tormentas que todavía no sé nombrar.
Duele porque soy niño, y los niños deberían aprender canciones, no insultos;
deberían contar estrellas, no moretones.
Duele, pero todavía espero… que un día el silencio en casa no sea de miedo, sino de paz.
En el lugar donde guardo los juguetes rotos y los silencios que nadie escucha.
Cuando ellos gritan, yo me hago pequeño, como si encogerme pudiera salvarme de las palabras que cortan más que un cinturón.
Duele cuando mamá llora en la cocina y papá golpea las paredes como si el ruido pudiera tapar el miedo.
Yo quisiera tener alas para volar por la ventana, pero solo tengo un cuaderno donde dibujo casas con puertas abiertas y abrazos que no se esconden.
Duele de adentro porque no es mi culpa, pero siento que lo es.
Porque quiero arreglarlos, unirlos, callar sus enojos con un “ya basta” que mi voz pequeña no logra gritar.
Y aunque nadie lo ve, en mis ojos caben tormentas que todavía no sé nombrar.
Duele porque soy niño, y los niños deberían aprender canciones, no insultos;
deberían contar estrellas, no moretones.
Duele, pero todavía espero… que un día el silencio en casa no sea de miedo, sino de paz.