Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
DURANTE LA GUERRA
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Fue durante un tiempo que mi opaca mente,
siempre susceptible a alguien mayor;
se vistió de trajes, de pan y de gentes,
de vida ligera y rojo temblor.
Mi gente y la gente se me imprimieron,
con prensas alegres de llanto y dulzor;
y fueron quedando muy firmes plasmadas,
en venas calipso, en surcos de amor.
El tiempo y la brisa que besó mi casa,
tornaron como óxido la estampa plural;
de esa compañía que de amor arrasa
y fueron el principio de un gran vendaval.
Pues vinieron vientos de los cuatro vientos,
que de mi desidia me hicieron despertar;
y tembló mi casa desde los cimientos
y tembló la aurora y bramó el mar.
Mi madre lloraba por los pequeñuelos,
mi padre su brazo fuerte desnudó;
mi conciencia herida de orgullo y miedo,
mi razonar claro veloz ofuscó.
Mi cabello de oro se tornó azabache,
mis ojos la sangre púrpura inundó;
mi pie no supo de vallado o bache,
mi mano de seda en pedernal mutó.
Abrí y se abrieron cántaros rojos,
que nos embriagaron hasta desmayar;
surgieron envidias, desdenes y antojos,
se ocultó la ciencia, se llenó el lagar.
El verdor del campo se puso amarillo,
al cielo celeste alguien lo cambió;
por un manto plomo que corta un cuchillo
y a la mar sus crespos, el rojo tiñó.
Fue la guerra y guerras de nuestras estancias,
las que redujeron el claro pensar;
fueron cuatro vientos de alta fragancia,
vientos irritantes, vientos que hacen mal.
Porque me llevaron a tus ojos grandes,
porque me clavaron un fuerte puñal;
pues dos mil hojas me hacen desplantes
y dos mil penas quieren mi mal.
Y no solo a mí alcanzó ésta peste,
que estos vientos malos con saña infectaron;
pues daña los ojos y duele la mente
y con la esperanza y la fe acabaron.
Pero yo si creo en un Dios bueno,
en sus manos santas que el cielo extendieron;
en sus ojos mansos, fijos y serenos,
que solo el aire y el agua comprendieron.
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Fue durante un tiempo que mi opaca mente,
siempre susceptible a alguien mayor;
se vistió de trajes, de pan y de gentes,
de vida ligera y rojo temblor.
Mi gente y la gente se me imprimieron,
con prensas alegres de llanto y dulzor;
y fueron quedando muy firmes plasmadas,
en venas calipso, en surcos de amor.
El tiempo y la brisa que besó mi casa,
tornaron como óxido la estampa plural;
de esa compañía que de amor arrasa
y fueron el principio de un gran vendaval.
Pues vinieron vientos de los cuatro vientos,
que de mi desidia me hicieron despertar;
y tembló mi casa desde los cimientos
y tembló la aurora y bramó el mar.
Mi madre lloraba por los pequeñuelos,
mi padre su brazo fuerte desnudó;
mi conciencia herida de orgullo y miedo,
mi razonar claro veloz ofuscó.
Mi cabello de oro se tornó azabache,
mis ojos la sangre púrpura inundó;
mi pie no supo de vallado o bache,
mi mano de seda en pedernal mutó.
Abrí y se abrieron cántaros rojos,
que nos embriagaron hasta desmayar;
surgieron envidias, desdenes y antojos,
se ocultó la ciencia, se llenó el lagar.
El verdor del campo se puso amarillo,
al cielo celeste alguien lo cambió;
por un manto plomo que corta un cuchillo
y a la mar sus crespos, el rojo tiñó.
Fue la guerra y guerras de nuestras estancias,
las que redujeron el claro pensar;
fueron cuatro vientos de alta fragancia,
vientos irritantes, vientos que hacen mal.
Porque me llevaron a tus ojos grandes,
porque me clavaron un fuerte puñal;
pues dos mil hojas me hacen desplantes
y dos mil penas quieren mi mal.
Y no solo a mí alcanzó ésta peste,
que estos vientos malos con saña infectaron;
pues daña los ojos y duele la mente
y con la esperanza y la fe acabaron.
Pero yo si creo en un Dios bueno,
en sus manos santas que el cielo extendieron;
en sus ojos mansos, fijos y serenos,
que solo el aire y el agua comprendieron.
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