Évano
Libre, sin dioses.
Las alas de los ángeles permanecían alerta, nerviosas ante la espera de un posible último ataque a la desesperada. Atentos los ojos de los rostros celestes, oteaban en busca de la más mínima señal del alteración de los horizontes que se divisaban desde la muralla del mundo de Eartis. Tras ellos, los miles de supervivientes, aterrorizados por el escaso número de defensores que habían quedado, rezaban en sus adentros tan fuertemente que los párpados dolían y las palmas de las manos blanqueaban al cortar el flujo de una sangre acorralada.
Desde lo escondidos valles del abismo, ese acantilado tras el ocaso de un crepúsculo que cerraba toda luz y vista, bramaban alaridos monstruosos, gritos de una guerra infernal que no retendría con vida a ningún enemigo. Era la lucha para la destrucción total del mundo de Eartis y su sometimiento a las fuerzas del infierno más espeluznante, o entrar a la muerte eterna, donde ninguna vida titilaba, era el desaparecer infinito si perdían las bestias. Ni uno solo de los monstruos del averno se rendiría jamás.
Tensos cada músculo del cuerpo, compactado hasta el último hueso del esqueleto, los corazones palpitando y difuminando el terror por las concavidades de las células, los querubines, sobre las altas torres de las murallas que defendían a los supervivientes, ya no dudaban de la embestida final.
Gritos que helaban la sangre de todo oído emergían tras la lontananza, con el favor de la noche que cerraba toda esperanza. Las alas abiertas, ensangrentadas de las batallas anteriores, con las espadas en las manos al alto de los bíceps desnudos; brillando en la oscuridad con las sangres desparramadas por sus hojas, temblaban ante los nervios que las empuñaban.
Miles de sombras acercándose, corriendo y volando; siluetas monstruosas surgidas de los terroríficos infiernos, con alaridos que cortan el aire y revientan los vientos que impactan en sus rostros desgarrados, intentan su último ataque. Es ahora o nunca. Morir en la guerra por la gracia de Satán y no volver jamás sin la victoria, pues el castigo sería peor.
Cientos de alas al unísono hacia el encuentro definitivo. El cielo ennegrecido e iluminado de sombras del averno y seres celestiales.
Exhaustos los ángeles ante tanto enemigo, encharcados y embarrados de los líquidos corpóreos putrefactos de sus enemigos, que se multiplican a miles, incapaces de controlar tan devastadora embestida. Se repliegan en círculo, acorralados, con las espadas encadenadas entre sí, formando unas equis destinadas a abrirse-matar y cerrarse, asesinando a cientos de avalanchas de oscuridades enloquecidas, a las que no les importa morir. Van cayendo, disminuyendo el círculo hasta que el último de los querubines es abatido.
El mundo de Eartis a sus pies. Sobre la torre principal, el almirante al mando del poder infinito del Diablo, y a su lado, dos habitantes de la tierra de Eartis.
-¡Abrid las puertas y aniquiladlo todo! -Brama el almirante con sus dientes afilados, chorreándole sangre de la boca y de sus uñas, de sus puños y piernas.
Se retira el ejército del infierno, tras arrasar con toda la vida que allí pululaba, con sus almas encerradas en cárceles de sombras espantosas. Se retiran, pisando alas enfangadas y rostros deformados; pisando los ríos rojos y montañas de cuerpos en putrefacción.
-Vosotros dos sois lo que quedáis de esta tierra, acordaros para siempre de lo que ha ocurrido y, si alguna vez osáis a enfrentaros cara a cara con nosotros, si otra vez osáis creeros tan fuertes como nosotros como para retarnos, recordad lo que han visto vuestros ojos. ¿Cómo os llamáis?
-Adán, mi señor, nos llamamos Adán y Eva.
Desde lo escondidos valles del abismo, ese acantilado tras el ocaso de un crepúsculo que cerraba toda luz y vista, bramaban alaridos monstruosos, gritos de una guerra infernal que no retendría con vida a ningún enemigo. Era la lucha para la destrucción total del mundo de Eartis y su sometimiento a las fuerzas del infierno más espeluznante, o entrar a la muerte eterna, donde ninguna vida titilaba, era el desaparecer infinito si perdían las bestias. Ni uno solo de los monstruos del averno se rendiría jamás.
Tensos cada músculo del cuerpo, compactado hasta el último hueso del esqueleto, los corazones palpitando y difuminando el terror por las concavidades de las células, los querubines, sobre las altas torres de las murallas que defendían a los supervivientes, ya no dudaban de la embestida final.
Gritos que helaban la sangre de todo oído emergían tras la lontananza, con el favor de la noche que cerraba toda esperanza. Las alas abiertas, ensangrentadas de las batallas anteriores, con las espadas en las manos al alto de los bíceps desnudos; brillando en la oscuridad con las sangres desparramadas por sus hojas, temblaban ante los nervios que las empuñaban.
Miles de sombras acercándose, corriendo y volando; siluetas monstruosas surgidas de los terroríficos infiernos, con alaridos que cortan el aire y revientan los vientos que impactan en sus rostros desgarrados, intentan su último ataque. Es ahora o nunca. Morir en la guerra por la gracia de Satán y no volver jamás sin la victoria, pues el castigo sería peor.
Cientos de alas al unísono hacia el encuentro definitivo. El cielo ennegrecido e iluminado de sombras del averno y seres celestiales.
Exhaustos los ángeles ante tanto enemigo, encharcados y embarrados de los líquidos corpóreos putrefactos de sus enemigos, que se multiplican a miles, incapaces de controlar tan devastadora embestida. Se repliegan en círculo, acorralados, con las espadas encadenadas entre sí, formando unas equis destinadas a abrirse-matar y cerrarse, asesinando a cientos de avalanchas de oscuridades enloquecidas, a las que no les importa morir. Van cayendo, disminuyendo el círculo hasta que el último de los querubines es abatido.
El mundo de Eartis a sus pies. Sobre la torre principal, el almirante al mando del poder infinito del Diablo, y a su lado, dos habitantes de la tierra de Eartis.
-¡Abrid las puertas y aniquiladlo todo! -Brama el almirante con sus dientes afilados, chorreándole sangre de la boca y de sus uñas, de sus puños y piernas.
Se retira el ejército del infierno, tras arrasar con toda la vida que allí pululaba, con sus almas encerradas en cárceles de sombras espantosas. Se retiran, pisando alas enfangadas y rostros deformados; pisando los ríos rojos y montañas de cuerpos en putrefacción.
-Vosotros dos sois lo que quedáis de esta tierra, acordaros para siempre de lo que ha ocurrido y, si alguna vez osáis a enfrentaros cara a cara con nosotros, si otra vez osáis creeros tan fuertes como nosotros como para retarnos, recordad lo que han visto vuestros ojos. ¿Cómo os llamáis?
-Adán, mi señor, nos llamamos Adán y Eva.