Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Y un día —sin fecha ni advertencia— el amor se esfumó como quien abandona un teatro antes del acto final, dejando la butaca tibia, pero vacía. Fue un eclipse sin luna, sin sol, sin ciencia. Un hueco perfectamente imperfecto entre lo que fuimos y lo que ya no importa.
No hubo estruendo, solo un suspiro aburrido, un bostezo de rutina que se tragó las metáforas. El amor —ese prestidigitador embriagado de promesas— olvidó su truco en medio del escenario y se retiró a fumar en la azotea de los imposibles. Ahí quedó la memoria: despintada, como una postal lavada por la lluvia del olvido.
Ya no hay cartas que digan "te amo", sino notificaciones de distancia emocional. No hay besos, solo protocolos de higiene sentimental. Te miro y no estás. Me hablas y me pierdes. Somos dos hologramas disfuncionales repitiendo un guion que ya no vende boletos.
El amor no murió: se despidió sin adiós, se diluyó como un poema en tinta invisible. Solo dejó el eco de su sombra bailando torpemente en los espejos. Y yo, que juraba escribirte eternamente, apenas logro deletrear tu ausencia sin faltas ortográficas.
Todo eclipse es una traición de la luz. Y tú, amor, eras mi sol y mi eclipse a la vez.
Y ahora, con el corazón hecho origami mal doblado, intento entender cómo fue que te convertiste en borrador de mí mismo. Tus palabras quedaron atrapadas en una grabadora rota que repite: "no era amor, era costumbre con disfraz de poesía".
He dejado de buscarte en el calendario y en los bordes de las sábanas. Ya no espero. Solo archivo tus gestos como quien cataloga ruinas invisibles: el parpadeo exacto cuando mentías, el giro leve de tus silencios, el lunar en la espalda que era una excusa para quedarme.
Tal vez el amor era un experimento que salió mal, una teoría cuántica sentimental con partículas rotas orbitando la soledad. Y yo, el científico torpe, quise comprobar tu existencia con la ecuación equivocada.
Porque en este eclipse que dejaste, ya no hay noche ni día. Solo el eterno mediodía del desamor: esa hora donde todo se encandila, menos el alma.
Y aún así —parado en esta sombra sin cuerpo— te escribo. Porque el que ama, aunque lo eclipse el olvido, no deja de escribirle a la luz.
No hubo estruendo, solo un suspiro aburrido, un bostezo de rutina que se tragó las metáforas. El amor —ese prestidigitador embriagado de promesas— olvidó su truco en medio del escenario y se retiró a fumar en la azotea de los imposibles. Ahí quedó la memoria: despintada, como una postal lavada por la lluvia del olvido.
Ya no hay cartas que digan "te amo", sino notificaciones de distancia emocional. No hay besos, solo protocolos de higiene sentimental. Te miro y no estás. Me hablas y me pierdes. Somos dos hologramas disfuncionales repitiendo un guion que ya no vende boletos.
El amor no murió: se despidió sin adiós, se diluyó como un poema en tinta invisible. Solo dejó el eco de su sombra bailando torpemente en los espejos. Y yo, que juraba escribirte eternamente, apenas logro deletrear tu ausencia sin faltas ortográficas.
Todo eclipse es una traición de la luz. Y tú, amor, eras mi sol y mi eclipse a la vez.
Y ahora, con el corazón hecho origami mal doblado, intento entender cómo fue que te convertiste en borrador de mí mismo. Tus palabras quedaron atrapadas en una grabadora rota que repite: "no era amor, era costumbre con disfraz de poesía".
He dejado de buscarte en el calendario y en los bordes de las sábanas. Ya no espero. Solo archivo tus gestos como quien cataloga ruinas invisibles: el parpadeo exacto cuando mentías, el giro leve de tus silencios, el lunar en la espalda que era una excusa para quedarme.
Tal vez el amor era un experimento que salió mal, una teoría cuántica sentimental con partículas rotas orbitando la soledad. Y yo, el científico torpe, quise comprobar tu existencia con la ecuación equivocada.
Porque en este eclipse que dejaste, ya no hay noche ni día. Solo el eterno mediodía del desamor: esa hora donde todo se encandila, menos el alma.
Y aún así —parado en esta sombra sin cuerpo— te escribo. Porque el que ama, aunque lo eclipse el olvido, no deja de escribirle a la luz.