MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
Yo nunca supe ser feliz,
así, como lo son ellos.
Me fastidio
de sólo pensarlo.
Reír a carcajadas rutilantes,
desentonadas, bulliciosas,
desbocadas, frenéticas,
que hacen temblar el aire
en derredor,
y quiebran la armonía
lastimando el silencio.
Yo los vi desde lejos,
y no pude evitarlo.
¿Con qué derecho ellos,
que vienen del cemento,
envenenan mi espacio,
austero, silencioso,
de solemne respeto
a las cavilaciones matutinas,
al canto de las aves,
al arrullo del viento,
al murmullo del río?
Yo no he sido un rufián,
ni un mequetrefe.
He pasado la vida
juntando su basura
por la vera del río.
Limpiando su desidia impertinente.
Y en cada temporada de verano,
nuevamente aparecen,
con sus motos de agua,
sus patitos inflables,
con sus bolsas de nylon,
sus radios estridentes,
su comida enlatada.
Yo no soy un bandido,
ni soy un mentecato.
Simplemente detesto
desde el fondo del alma,
las bocinas parlantes,
que salen de sus bocas,
que atormentan al bosque,
con gritos disonantes.
Fue lo mejor señor fiscal,
no se confunda.
El bosque lo agradece.
Otra vez el silencio
se cuelga de las ramas.
El río es un espejo,
el árbol todo nido,
y el aire todo canto.
Ya lo ve.
Hasta el día de hoy
no se han vuelto a escuchar
sus gritos estridentes.
En profundo silencio navegan,
sus cabezas sin lengua
en el medio del agua.
así, como lo son ellos.
Me fastidio
de sólo pensarlo.
Reír a carcajadas rutilantes,
desentonadas, bulliciosas,
desbocadas, frenéticas,
que hacen temblar el aire
en derredor,
y quiebran la armonía
lastimando el silencio.
Yo los vi desde lejos,
y no pude evitarlo.
¿Con qué derecho ellos,
que vienen del cemento,
envenenan mi espacio,
austero, silencioso,
de solemne respeto
a las cavilaciones matutinas,
al canto de las aves,
al arrullo del viento,
al murmullo del río?
Yo no he sido un rufián,
ni un mequetrefe.
He pasado la vida
juntando su basura
por la vera del río.
Limpiando su desidia impertinente.
Y en cada temporada de verano,
nuevamente aparecen,
con sus motos de agua,
sus patitos inflables,
con sus bolsas de nylon,
sus radios estridentes,
su comida enlatada.
Yo no soy un bandido,
ni soy un mentecato.
Simplemente detesto
desde el fondo del alma,
las bocinas parlantes,
que salen de sus bocas,
que atormentan al bosque,
con gritos disonantes.
Fue lo mejor señor fiscal,
no se confunda.
El bosque lo agradece.
Otra vez el silencio
se cuelga de las ramas.
El río es un espejo,
el árbol todo nido,
y el aire todo canto.
Ya lo ve.
Hasta el día de hoy
no se han vuelto a escuchar
sus gritos estridentes.
En profundo silencio navegan,
sus cabezas sin lengua
en el medio del agua.
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