ECOS DE TANGO
El mar estaba agitado
por música de bandoneón,
las callejuelas del puerto
trizadas por luz de luna
luna fané y deshilada
como acero de las facas,
como risa fantasmal.
Las calles de la nostalgia
recorridas por los versos
hechos niebla, o como perros,
y los sentidos lamentos
de una victrola que llora,
segundo piso, ascensor,
turística atracción.
Y mientras un corazón,
un inmenso corazón,
con forma de nariz roja
late perfumes o flores
del azul jacarandá.
La noche se hace filosa
tal que cita en el bulín.
Las sombras van rebotando
por las esquinas rosadas
y esquivan los torvos brillos
de las luces de neón.
Mi Buenos Aires querido,
la ciudad que nunca ví
y en la que siempre habité.
Ecos de tango hechizado,
tango que muere en silencio,
bandoneones desleales
al espíritu orillero,
al de Troilo y a Piazzola,
mandrias que beben mate
cantando el tango p'adentro.
Y ya todo a media luz
se inicia la romería
de las sirenas y faunos
que abandonan escabeles
entre algas o en las fuentes.
Tragedia de noche clara
con amantes de couché.
por música de bandoneón,
las callejuelas del puerto
trizadas por luz de luna
luna fané y deshilada
como acero de las facas,
como risa fantasmal.
Las calles de la nostalgia
recorridas por los versos
hechos niebla, o como perros,
y los sentidos lamentos
de una victrola que llora,
segundo piso, ascensor,
turística atracción.
Y mientras un corazón,
un inmenso corazón,
con forma de nariz roja
late perfumes o flores
del azul jacarandá.
La noche se hace filosa
tal que cita en el bulín.
Las sombras van rebotando
por las esquinas rosadas
y esquivan los torvos brillos
de las luces de neón.
Mi Buenos Aires querido,
la ciudad que nunca ví
y en la que siempre habité.
Ecos de tango hechizado,
tango que muere en silencio,
bandoneones desleales
al espíritu orillero,
al de Troilo y a Piazzola,
mandrias que beben mate
cantando el tango p'adentro.
Y ya todo a media luz
se inicia la romería
de las sirenas y faunos
que abandonan escabeles
entre algas o en las fuentes.
Tragedia de noche clara
con amantes de couché.
Nunca estuve en Buenos Aires
y nunca ya podré respirarla.
Sólo, idealmente, la he recorrido con intensidad
de la mano enternecida y taumatúrgica de Sabato o de Cortázar.
Y, porqué no, recorriendo ensimismado los mapas de Google maps,
en sus street's view. Trampas de la tecnología.
Y esta es la huella que me dejaron esos sueños.
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