Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Treinta segundos no son nada, y sin embargo, ahí estás, latiendo entre mis brazos. Un instante elástico donde los relojes se aburren y dejan de contar, donde la piel se vuelve idioma y el pecho una casa tibia. Treinta segundos, y ya la gravedad pesa menos, ya las palabras sobran, ya el mundo se encoge hasta quedar reducido a la medida exacta de este roce.
Pero un minuto... ah, un minuto es una frontera. Es cruzar al otro lado del tiempo, donde los cuerpos dejan de ser dos y se licúan en algo más denso, más cierto. Es el momento en que el aliento se vuelve un pulso compartido, en que la memoria comienza a tatuarse en los huesos. En treinta segundos todavía puedes soltar, pero en un minuto el alma ya se ha enredado, la carne ha entendido que pertenece.
La diferencia es el vértigo de saber que, si te abrazo un segundo más, quizás no quiera soltarte nunca.
Pero un minuto... ah, un minuto es una frontera. Es cruzar al otro lado del tiempo, donde los cuerpos dejan de ser dos y se licúan en algo más denso, más cierto. Es el momento en que el aliento se vuelve un pulso compartido, en que la memoria comienza a tatuarse en los huesos. En treinta segundos todavía puedes soltar, pero en un minuto el alma ya se ha enredado, la carne ha entendido que pertenece.
La diferencia es el vértigo de saber que, si te abrazo un segundo más, quizás no quiera soltarte nunca.