EL AMANTE DE LA MEDUSA
Desde la cisterna, negra de fondo, informe de geometrías, la Cabeza de la Medusa hace guiños al paseante. Perseo ya culminó su obra, pero nos toca a nosotros, los que aún deambulamos por los delgados hilos de la fatalidad, aprovechar su legado. Caravaggio ya lo hizo. Y Da Vinci, y Cellini, y tantos y tantos otros excelsos maestros, aprovecharon la magia maléfica de la bestia, el fulgor demoledor de su mirada para crear sus nuevos equinoccios.
La luz persigue a la luz en secuencia unifilar y con voluntad de eternidad. La luz que en abstracto surge del caos ilumina, por algún extraño y superior mandato, el camino que nace de nuestros pasos descalzos. La luz que todavía es cauce y destino. Afuera sólo hay silencio. Y monstruos, bellos monstruos que reclaman su alimento, deglutiendo su sola saliva hasta que lleguemos a su alcance. Entonces, en la noche iluminada por los mares que circundan nuestra isla, metafísicamente solos, seremos devorados sin pasión, con la misma eficaz rutina que se ingiere el alimento cotidiano, por gorgonas y erinias suculentas, a las que, incautos,hemos abordado para disfrutar egoístamente de su infausta belleza. Seremos devorados en tranquila ceremonia; sin holocaustos perfumados y humeantes, con la mezquindad que es debida a nuestra cualidad de humanos.
Por ello es preciso asomarse a la cisterna, ver los hórridos ojos y los serpenteantes cabellos; y no temer al suicidio. Siempre -la Historia lo cuenta, pero también el Mito- hay un Ángel de espada refulgente, de belleza aún mayor que la del monstruo, que nos deja la elección: Muerte o Belleza. Y su mano tendida es el último eslabón de la cadena y la que apoyará nuestro destino. Pero no hay que caer en el engaño. No hay que olvidar que la Muerte es la suprema Belleza. Los otros mundos promisorios, los que dicen que también están en este, libres de miseria, sólo nos son dados a partir del eclipse terrible que es la muerte.
Yo me imagino disuelto en una luz imposible, una luz en la que todas las armonías están presentes. La Luz. Sería un grosero error tratar de reconstruir allí los onomásticos y los puntos cardinales. Hemos llegado al Todo; nuestra partícula ha dejado de vibrar en su órbita finita, elemental, y ha pasado a sumarse al Orden Superior como un todo y parte de ese Orden. Ya no hemos de temer a los brocales del pozo, puesto que tal vez en el fondo de alguno de ellos seamos nosotros esa Belleza atrayente, subyugante, los que propiciemos la elección a los nuevos liberados.
Pero estando todavía en el ámbito riguroso, pero nunca definible, del brocal de la cisterna, nuestra embrionaria consciencia hace que respiremos hondamente: seguimos rudimentariamente vivos. El relámpago que nos ha fulminado tan efímeramente ya ha cesado. Hemos sido conducidos de nuevo al camino construído por nuestros pasos. Elegimos la florecilla en el borde del camino y la adoramos como a diosa, levantando un altar en nuestros ojos. La rubicunda nube que celebra la llegada de la noche tiene forma de una hermosa meretriz. Sigamos sus instrucciones.
Ilus.: "Cinderella".- Nicola Verlato
Desde la cisterna, negra de fondo, informe de geometrías, la Cabeza de la Medusa hace guiños al paseante. Perseo ya culminó su obra, pero nos toca a nosotros, los que aún deambulamos por los delgados hilos de la fatalidad, aprovechar su legado. Caravaggio ya lo hizo. Y Da Vinci, y Cellini, y tantos y tantos otros excelsos maestros, aprovecharon la magia maléfica de la bestia, el fulgor demoledor de su mirada para crear sus nuevos equinoccios.
La luz persigue a la luz en secuencia unifilar y con voluntad de eternidad. La luz que en abstracto surge del caos ilumina, por algún extraño y superior mandato, el camino que nace de nuestros pasos descalzos. La luz que todavía es cauce y destino. Afuera sólo hay silencio. Y monstruos, bellos monstruos que reclaman su alimento, deglutiendo su sola saliva hasta que lleguemos a su alcance. Entonces, en la noche iluminada por los mares que circundan nuestra isla, metafísicamente solos, seremos devorados sin pasión, con la misma eficaz rutina que se ingiere el alimento cotidiano, por gorgonas y erinias suculentas, a las que, incautos,hemos abordado para disfrutar egoístamente de su infausta belleza. Seremos devorados en tranquila ceremonia; sin holocaustos perfumados y humeantes, con la mezquindad que es debida a nuestra cualidad de humanos.
Por ello es preciso asomarse a la cisterna, ver los hórridos ojos y los serpenteantes cabellos; y no temer al suicidio. Siempre -la Historia lo cuenta, pero también el Mito- hay un Ángel de espada refulgente, de belleza aún mayor que la del monstruo, que nos deja la elección: Muerte o Belleza. Y su mano tendida es el último eslabón de la cadena y la que apoyará nuestro destino. Pero no hay que caer en el engaño. No hay que olvidar que la Muerte es la suprema Belleza. Los otros mundos promisorios, los que dicen que también están en este, libres de miseria, sólo nos son dados a partir del eclipse terrible que es la muerte.
Yo me imagino disuelto en una luz imposible, una luz en la que todas las armonías están presentes. La Luz. Sería un grosero error tratar de reconstruir allí los onomásticos y los puntos cardinales. Hemos llegado al Todo; nuestra partícula ha dejado de vibrar en su órbita finita, elemental, y ha pasado a sumarse al Orden Superior como un todo y parte de ese Orden. Ya no hemos de temer a los brocales del pozo, puesto que tal vez en el fondo de alguno de ellos seamos nosotros esa Belleza atrayente, subyugante, los que propiciemos la elección a los nuevos liberados.
Pero estando todavía en el ámbito riguroso, pero nunca definible, del brocal de la cisterna, nuestra embrionaria consciencia hace que respiremos hondamente: seguimos rudimentariamente vivos. El relámpago que nos ha fulminado tan efímeramente ya ha cesado. Hemos sido conducidos de nuevo al camino construído por nuestros pasos. Elegimos la florecilla en el borde del camino y la adoramos como a diosa, levantando un altar en nuestros ojos. La rubicunda nube que celebra la llegada de la noche tiene forma de una hermosa meretriz. Sigamos sus instrucciones.
Ilus.: "Cinderella".- Nicola Verlato
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