Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Entregarse es sencillo.
Es como caer al vacío con los ojos abiertos,
sabiendo que el golpe no importa,
que el vértigo se vuelve piel y nombre.
Te entregas porque sí,
porque las palabras que no dijiste antes
te empujan al abismo de alguien.
Pero abandonarse...
Eso es otro idioma,
otra forma de morir despacio,
de desnudarte en silencio
y dejar que te lean las cicatrices.
Es quitarse las máscaras con las uñas
y permitir que alguien te mire
donde ni tú te atreves.
Nosotros éramos eso,
la entrega y el abandono,
un espejo quebrado que compartíamos,
cada uno el reflejo roto del otro.
Yo te daba mis días,
mis domingos huérfanos,
mi miedo que se volvía risa
en la curva de tus labios.
Tú me dabas la sombra de tus noches,
los restos de batallas que nunca ganaste,
pero que me envolvían como una tregua.
El amor,
eso que tanto nombran,
era solo un telón de fondo.
Lo nuestro no necesitaba esa palabra.
Fuimos cuerpos, manos,
y un temblor que nunca supimos apagar.
Fuimos la certeza de saber que no seríamos,
y aún así, nos quedamos.
Hasta que no.
Hasta que la entrega se volvió peso,
y el abandono, despedida.
No hubo gritos ni culpas,
solo un silencio que entendimos al mismo tiempo.
Nos miramos,
y sin decirlo supimos que la historia
ya no era nuestra.
El amor es otra cosa, decíamos.
Quizá algo que nunca nos tocó,
pero no importaba.
Nos quedamos con el vértigo,
con la caída,
con la certeza de habernos tenido
aunque fuera por un instante
que se sintió como siempre.
Es como caer al vacío con los ojos abiertos,
sabiendo que el golpe no importa,
que el vértigo se vuelve piel y nombre.
Te entregas porque sí,
porque las palabras que no dijiste antes
te empujan al abismo de alguien.
Pero abandonarse...
Eso es otro idioma,
otra forma de morir despacio,
de desnudarte en silencio
y dejar que te lean las cicatrices.
Es quitarse las máscaras con las uñas
y permitir que alguien te mire
donde ni tú te atreves.
Nosotros éramos eso,
la entrega y el abandono,
un espejo quebrado que compartíamos,
cada uno el reflejo roto del otro.
Yo te daba mis días,
mis domingos huérfanos,
mi miedo que se volvía risa
en la curva de tus labios.
Tú me dabas la sombra de tus noches,
los restos de batallas que nunca ganaste,
pero que me envolvían como una tregua.
El amor,
eso que tanto nombran,
era solo un telón de fondo.
Lo nuestro no necesitaba esa palabra.
Fuimos cuerpos, manos,
y un temblor que nunca supimos apagar.
Fuimos la certeza de saber que no seríamos,
y aún así, nos quedamos.
Hasta que no.
Hasta que la entrega se volvió peso,
y el abandono, despedida.
No hubo gritos ni culpas,
solo un silencio que entendimos al mismo tiempo.
Nos miramos,
y sin decirlo supimos que la historia
ya no era nuestra.
El amor es otra cosa, decíamos.
Quizá algo que nunca nos tocó,
pero no importaba.
Nos quedamos con el vértigo,
con la caída,
con la certeza de habernos tenido
aunque fuera por un instante
que se sintió como siempre.