La vida —esa estación del tren del tiempo—
nos sacude apenas bajamos del vagón,
como si el suelo temblara al presentir
que empezamos a caminar sin guión.
El andén nos recibe con relojes
que no marcan hora fija ni destino,
y maletas que no abrimos del todo
por miedo a revisar su contenido.
Hay viajeros que corren, otros miran,
unos vuelven, otros van sin dirección,
y nosotros, con el alma entre las manos,
vamos dando pasos hacia la ocasión.
Cada crujido del suelo es un aviso,
cada silbido del tren, una señal,
y el viento que nos roza al despedirse
trae preguntas con sabor existencial.
Y aun así, en esa breve sacudida,
hay un instante en que todo se ilumina:
cuando entiendes que bajar fue el comienzo,
y el viaje… apenas se inicia en cada esquina.
nos sacude apenas bajamos del vagón,
como si el suelo temblara al presentir
que empezamos a caminar sin guión.
El andén nos recibe con relojes
que no marcan hora fija ni destino,
y maletas que no abrimos del todo
por miedo a revisar su contenido.
Hay viajeros que corren, otros miran,
unos vuelven, otros van sin dirección,
y nosotros, con el alma entre las manos,
vamos dando pasos hacia la ocasión.
Cada crujido del suelo es un aviso,
cada silbido del tren, una señal,
y el viento que nos roza al despedirse
trae preguntas con sabor existencial.
Y aun así, en esa breve sacudida,
hay un instante en que todo se ilumina:
cuando entiendes que bajar fue el comienzo,
y el viaje… apenas se inicia en cada esquina.
Última edición: