Al bosque, en noche cerrada,
Sin temor, ni miedo,
Saliste con decisión
A cumplir un reto.
A tus amigas dijiste
Que la oscuridad no era
Un verdadero peligro
Y que conocías el trayecto
Como la longitud de tus dedos.
El sonido, el crujido de las ramas,
Acompaña tus pasos ligeros.
Buscas el árbol viejo,
De raíces retorcidas,
Tenebroso en su origen antiguo.
María, tu más fiel compañera,
Ayer, cumpliendo una promesa,
Entre su corteza desgastada,
Un colgante de plata dejó,
Para pagar un deseo que se cumplió.
Tú reíste de su superstición
Y le dijiste que al salir el crepúsculo
Volverías a recuperar la prenda,
Y si lo conseguías, con la joya te quedarías.
Te dijeron que era locura,
Que abandonaras la expedición,
Pero te negaste a retractarte
Y sólo les pediste
Que te desearan suerte.
Era la medianoche.
El viento empezó a soplar.
Las luciérnagas, al final del sendero,
Parecían ánimas en pena
Que la quisieran alertar.
Vio la silueta del árbol,
Solemne y arcana,
Y con su mano izquierda
Le arrancó el collar de plata.
Un gemido tosco y airado,
De debajo de la tierra sonó.
Las raíces se levantaron.
Un rostro se dibujó
Entre la madera añosa
Que lanzó una maldición:
“¡Ladrona que robas
Lo que libremente se me ofreció!.
¡No puedes romper el trato
Sin pagar las consecuencias!.
¡Dentro de mi cuerpo,
Lucirás el colgante en tus exequias!.
Gritó y nadie la oyó.
De savia y sarmientos,
Sus venas fueron surcadas.
Se hizo una con la leyenda.
Su rastro, para siempre,
En el lindero del bosque,
Se desvaneció.
Sin temor, ni miedo,
Saliste con decisión
A cumplir un reto.
A tus amigas dijiste
Que la oscuridad no era
Un verdadero peligro
Y que conocías el trayecto
Como la longitud de tus dedos.
El sonido, el crujido de las ramas,
Acompaña tus pasos ligeros.
Buscas el árbol viejo,
De raíces retorcidas,
Tenebroso en su origen antiguo.
María, tu más fiel compañera,
Ayer, cumpliendo una promesa,
Entre su corteza desgastada,
Un colgante de plata dejó,
Para pagar un deseo que se cumplió.
Tú reíste de su superstición
Y le dijiste que al salir el crepúsculo
Volverías a recuperar la prenda,
Y si lo conseguías, con la joya te quedarías.
Te dijeron que era locura,
Que abandonaras la expedición,
Pero te negaste a retractarte
Y sólo les pediste
Que te desearan suerte.
Era la medianoche.
El viento empezó a soplar.
Las luciérnagas, al final del sendero,
Parecían ánimas en pena
Que la quisieran alertar.
Vio la silueta del árbol,
Solemne y arcana,
Y con su mano izquierda
Le arrancó el collar de plata.
Un gemido tosco y airado,
De debajo de la tierra sonó.
Las raíces se levantaron.
Un rostro se dibujó
Entre la madera añosa
Que lanzó una maldición:
“¡Ladrona que robas
Lo que libremente se me ofreció!.
¡No puedes romper el trato
Sin pagar las consecuencias!.
¡Dentro de mi cuerpo,
Lucirás el colgante en tus exequias!.
Gritó y nadie la oyó.
De savia y sarmientos,
Sus venas fueron surcadas.
Se hizo una con la leyenda.
Su rastro, para siempre,
En el lindero del bosque,
Se desvaneció.