J.E.Mozo
Docente, Poeta y Persona (Tal vez en otro orden)
Impregnada de noche vagaba la incontenible Furia
minuciosa entre arbustos y arboledas,
miles de cantos ella lúgubremente entonaba
cubriéndonos con la más negra oscuridad.
Anochecía a las 15 del día
y manteníamos encendidas las tenues antorchas
que nos separaban de los horrores de afuera...
La Furia, montada en cólera,
aguardaba a que se consumieran
para así arremeter como una caballería de guerra
e impregnar la temprana noche
con un olor de inmunda sangre.
Vigilante acechaba la soberana malparida,
¿cómo abríamos de saber que nuestra presencia detestaba?
pasaban los segundos, los minutos y las horas,
los hombres a mi lado parecían menos hombres
y sus caras se me hacían menos conocidas...
¿Acaso podría confiar en este momento de unos extraños?
veo sus miradas vacilantes... piensan igual que yo,
no puedo dejar que hagan de mí su presa
-¡De mí no se escaparán!- grité, y rodaron dos cabezas.
incapaces de reaccionar ante aquel brutal embate, caían de uno en uno
hasta que se disipó la noche y vi que solo quedaba yo,
bañado en la sangre inocente de mis compañeros.
Luego la Furia tomo mi triste mano,
que aún conservaba el mortal sable,
y me rajó de lado a lado el cuello, derramando así mi luz.
minuciosa entre arbustos y arboledas,
miles de cantos ella lúgubremente entonaba
cubriéndonos con la más negra oscuridad.
Anochecía a las 15 del día
y manteníamos encendidas las tenues antorchas
que nos separaban de los horrores de afuera...
La Furia, montada en cólera,
aguardaba a que se consumieran
para así arremeter como una caballería de guerra
e impregnar la temprana noche
con un olor de inmunda sangre.
Vigilante acechaba la soberana malparida,
¿cómo abríamos de saber que nuestra presencia detestaba?
pasaban los segundos, los minutos y las horas,
los hombres a mi lado parecían menos hombres
y sus caras se me hacían menos conocidas...
¿Acaso podría confiar en este momento de unos extraños?
veo sus miradas vacilantes... piensan igual que yo,
no puedo dejar que hagan de mí su presa
-¡De mí no se escaparán!- grité, y rodaron dos cabezas.
incapaces de reaccionar ante aquel brutal embate, caían de uno en uno
hasta que se disipó la noche y vi que solo quedaba yo,
bañado en la sangre inocente de mis compañeros.
Luego la Furia tomo mi triste mano,
que aún conservaba el mortal sable,
y me rajó de lado a lado el cuello, derramando así mi luz.
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