Alitas L
Poeta recién llegado
El bello César
Caminó esa noche, como loco, sin dar vuelta la mirada; buscando un lugar donde calentar sus miserias. Una copa de ginebra, un abrazo tierno.
En julio, Buenos Aires es frío y solitario; los bares están cerrados, el rocío tritura los huesos y deja desnudos a los que no tienen techo.
En su cabeza bailoteaban caras, horas, ojos, manos. Era un abismo de pensamientos, haciendo equilibrio para no caer y chocar con la realidad de la vergüenza, o de la cordura. Se sentía solo. Estaba solo.
Siguió el rumbo que sus pies mandaban y se encontró frente al Parque Lezama. Respiró el aire encantado de árboles y hubo un relámpago de felicidad en sus ojitos celestes, cada vez más chiquitos y arrugados. Su imaginación le jugaba a las escondidas.
A lo lejos, distinguió una luz, casi abrazadora que lo invitaba a penetrarla. Obedeció a su instinto, a su curiosidad, rasgo típicamente humano. Se internó en el rayo, con miedo. Le temblaban las piernas.
Adentro, había un pasillo, muchas puertas, muchos muebles.
- ¡Esos muebles los conozco! Pensó César. ¡Son los de mi casa, mis juguetes, mis cuadros!
Estaba enojado. Quiso, por un segundo, reclamarle a alguien semejante invasión a sus recuerdos. Pero se quedó, saboreando sus encantos y soñó. Los primeros ensayos, sus primeros libros, sus obras de teatro que habían sido censuradas y aclamadas entre sus camaradas escritores. Recordó sus presentaciones en sótanos, clubes de barrio, patios de escuela. Los aplausos, los ojos de admiración
de Blanquita, su amada. Sus amigos, sus padres. Todos aparecían ante él a medida que los evocaba.
Su garganta se cerró, en un grito de desgarrador. Y una sensación de hielo le recorrió la espalda. Miró hacia atrás y vió una sombra que avanzaba, como un animal sediento de sangre. Tenía el olor de sus miedos más íntimos, fracasos, sudores, agonías. Lo envolvía y abrazaba asfixiándolo.
Tan rápido como había aparecido se esfumó, en la oscuridad de esa habitación hedionda.
Corrió tanto, como sus pesadas piernas le permitieron. Quería huir de aquella pesadilla. Pero no se despertaba.
Se tiró en el suelo, miró nuevamente y no encontró nada que le indicara por dónde había entrado. Debía seguir el camino indicado hacia
adelante.
-¡Loco, pensó, estoy totalmente loco!
Si la locura significa ser todavía un niño dentro de mí, escribir sobre las injusticias, tener esperanzas, contribuir para crear un mundo mejor, sin guerras, mendacidad, ignorancia, droga, esclavitud, hambre escepticismo, desigualdad, represión. ¡Entonces sí, sí, estoy loco, muy loco!
Comenzó a reir con una mezcla de histérica felicidad y asombro. Había encontrado la puerta de salida.
Amaneció, y la gente comenzó a circular por el parque. Cuando pasaban cerca de César se quedaban observándolo, escuchando su risa que no cesaba.
¡Loco, sí, loco y libre !
Caminó esa noche, como loco, sin dar vuelta la mirada; buscando un lugar donde calentar sus miserias. Una copa de ginebra, un abrazo tierno.
En julio, Buenos Aires es frío y solitario; los bares están cerrados, el rocío tritura los huesos y deja desnudos a los que no tienen techo.
En su cabeza bailoteaban caras, horas, ojos, manos. Era un abismo de pensamientos, haciendo equilibrio para no caer y chocar con la realidad de la vergüenza, o de la cordura. Se sentía solo. Estaba solo.
Siguió el rumbo que sus pies mandaban y se encontró frente al Parque Lezama. Respiró el aire encantado de árboles y hubo un relámpago de felicidad en sus ojitos celestes, cada vez más chiquitos y arrugados. Su imaginación le jugaba a las escondidas.
A lo lejos, distinguió una luz, casi abrazadora que lo invitaba a penetrarla. Obedeció a su instinto, a su curiosidad, rasgo típicamente humano. Se internó en el rayo, con miedo. Le temblaban las piernas.
Adentro, había un pasillo, muchas puertas, muchos muebles.
- ¡Esos muebles los conozco! Pensó César. ¡Son los de mi casa, mis juguetes, mis cuadros!
Estaba enojado. Quiso, por un segundo, reclamarle a alguien semejante invasión a sus recuerdos. Pero se quedó, saboreando sus encantos y soñó. Los primeros ensayos, sus primeros libros, sus obras de teatro que habían sido censuradas y aclamadas entre sus camaradas escritores. Recordó sus presentaciones en sótanos, clubes de barrio, patios de escuela. Los aplausos, los ojos de admiración
de Blanquita, su amada. Sus amigos, sus padres. Todos aparecían ante él a medida que los evocaba.
Su garganta se cerró, en un grito de desgarrador. Y una sensación de hielo le recorrió la espalda. Miró hacia atrás y vió una sombra que avanzaba, como un animal sediento de sangre. Tenía el olor de sus miedos más íntimos, fracasos, sudores, agonías. Lo envolvía y abrazaba asfixiándolo.
Tan rápido como había aparecido se esfumó, en la oscuridad de esa habitación hedionda.
Corrió tanto, como sus pesadas piernas le permitieron. Quería huir de aquella pesadilla. Pero no se despertaba.
Se tiró en el suelo, miró nuevamente y no encontró nada que le indicara por dónde había entrado. Debía seguir el camino indicado hacia
adelante.
-¡Loco, pensó, estoy totalmente loco!
Si la locura significa ser todavía un niño dentro de mí, escribir sobre las injusticias, tener esperanzas, contribuir para crear un mundo mejor, sin guerras, mendacidad, ignorancia, droga, esclavitud, hambre escepticismo, desigualdad, represión. ¡Entonces sí, sí, estoy loco, muy loco!
Comenzó a reir con una mezcla de histérica felicidad y asombro. Había encontrado la puerta de salida.
Amaneció, y la gente comenzó a circular por el parque. Cuando pasaban cerca de César se quedaban observándolo, escuchando su risa que no cesaba.
¡Loco, sí, loco y libre !