María Rentería
Luna en Acuario.
Cuando me subí al autobús me acordé de mis clases de química. Mi maestra decía que los electrones se distribuían en los subniveles atómicos como las personas se acomodan en los asientos de un camión. Primero, de uno por cada par de asientos, hasta que ya no queda más remedio que compartir. Como el camión iba semivacío, no hubo tal necesidad.
Una cosa que llamó mi atención inmediatamente al sentarme, fue la leyenda “Mi esperanza está en Dios” impresa en el cubreasiento de enfrente. Fue entonces cuando noté que todos los cubreasientos tenían la misma leyenda, a fin de que al momento de sentarte, no pudieras evitar leerla.
Existe una como subcultura de los viajes en autobús. Cada diez o quince minutos más o menos (tal vez menos) se sube un vendedor ambulante que te entrega en mano lo que vende –grosería grande es no aceptarlo, y lo puedes entregar cuando vuelve a pasar si es que no lo quieres comprar… ¡Dios mío, cuan manoseado debe estar aquello!-; al menos eso es distinto de quien se sube con la cantaleta de que le ayudes con una moneda, porque –según dice-, te hace el favor de no robarte. Y pues bueno, ante tal comentario, ¿quién no le da un peso o un tostón?
En mi viaje recuerdo se subieron al menos tres vendedores ambulantes. Uno traía unas pulseritas muy monas de a cinco pesos, de las cuales la verdad es que sí me quedé con una. Estaban muy simpáticas. Después, cuando pasó el vendedor de las frituras enchiladas, no me pude resistir. Ya hacía algo de hambre. Por último pasó uno de chocolates, pero pues no va uno a comprar todo lo que se le presente.
El tiempo y el viaje iba transcurriendo, y cuando me aburrí de mirar por la ventana, al mismo tiempo que saboreaba mis churritos enchilados marca “Samuelito”, empecé a observar a las personas sentadas en los asientos que alcanzaba a ver, porque como son asientos de respaldo alto, yo que no lo soy… ¡Pues usted dirá! En el asiento de al lado, venía un muchacho vestido de forma tan clásica, que su vestuario casi pasaba desapercibido, excepto por un detalle: las botas eran demasiado rockeras para combinar con el resto del atuendo, y con esas suelas, supongo que si pisaba una víbora o ratón en ese momento pasaban a mejor vida. Frente a él venía una señora vestida como enfermera, toda de blanco y ya medio añosa, que sacó un libro de bolsillo que lucía como si hubiese pasado por muchas manos, o lo leyera mucho desde hace mucho. Después sacó un gatorade que traía en su bolsa para dar unos sorbitos, y perdí el interés en ella.
En el último asiento que alcanzaba a ver, se sentó un hombre con facha de obrero o trabajador manual, pero no albañil porque no tenía las manos tan maltratadas. Lo que me llamó la atención es que cuando se sentó y miró el mensaje “Mi esperanza está en Dios”, lo primero que hizo fue voltear la funda hacia arriba para que no se vieran las letras, no con mucho éxito porque la tela estaba muy tensa. Y pensé: -¿qué puede pasarle a alguien para que se niegue de forma tan determinada a leer siquiera el mensaje, ya no digo hacerlo suyo…? Porque puede uno simplemente hacer que no lo ve y ya, pero un acto así de decisivo…-.
Cavilando y cavilando anduve así hasta que me aburrí de cavilar y traté de poner el cerebro en blanco para descansar un poco. Al fin que mi destino ya estaba cerca.
Una cosa que llamó mi atención inmediatamente al sentarme, fue la leyenda “Mi esperanza está en Dios” impresa en el cubreasiento de enfrente. Fue entonces cuando noté que todos los cubreasientos tenían la misma leyenda, a fin de que al momento de sentarte, no pudieras evitar leerla.
Existe una como subcultura de los viajes en autobús. Cada diez o quince minutos más o menos (tal vez menos) se sube un vendedor ambulante que te entrega en mano lo que vende –grosería grande es no aceptarlo, y lo puedes entregar cuando vuelve a pasar si es que no lo quieres comprar… ¡Dios mío, cuan manoseado debe estar aquello!-; al menos eso es distinto de quien se sube con la cantaleta de que le ayudes con una moneda, porque –según dice-, te hace el favor de no robarte. Y pues bueno, ante tal comentario, ¿quién no le da un peso o un tostón?
En mi viaje recuerdo se subieron al menos tres vendedores ambulantes. Uno traía unas pulseritas muy monas de a cinco pesos, de las cuales la verdad es que sí me quedé con una. Estaban muy simpáticas. Después, cuando pasó el vendedor de las frituras enchiladas, no me pude resistir. Ya hacía algo de hambre. Por último pasó uno de chocolates, pero pues no va uno a comprar todo lo que se le presente.
El tiempo y el viaje iba transcurriendo, y cuando me aburrí de mirar por la ventana, al mismo tiempo que saboreaba mis churritos enchilados marca “Samuelito”, empecé a observar a las personas sentadas en los asientos que alcanzaba a ver, porque como son asientos de respaldo alto, yo que no lo soy… ¡Pues usted dirá! En el asiento de al lado, venía un muchacho vestido de forma tan clásica, que su vestuario casi pasaba desapercibido, excepto por un detalle: las botas eran demasiado rockeras para combinar con el resto del atuendo, y con esas suelas, supongo que si pisaba una víbora o ratón en ese momento pasaban a mejor vida. Frente a él venía una señora vestida como enfermera, toda de blanco y ya medio añosa, que sacó un libro de bolsillo que lucía como si hubiese pasado por muchas manos, o lo leyera mucho desde hace mucho. Después sacó un gatorade que traía en su bolsa para dar unos sorbitos, y perdí el interés en ella.
En el último asiento que alcanzaba a ver, se sentó un hombre con facha de obrero o trabajador manual, pero no albañil porque no tenía las manos tan maltratadas. Lo que me llamó la atención es que cuando se sentó y miró el mensaje “Mi esperanza está en Dios”, lo primero que hizo fue voltear la funda hacia arriba para que no se vieran las letras, no con mucho éxito porque la tela estaba muy tensa. Y pensé: -¿qué puede pasarle a alguien para que se niegue de forma tan determinada a leer siquiera el mensaje, ya no digo hacerlo suyo…? Porque puede uno simplemente hacer que no lo ve y ya, pero un acto así de decisivo…-.
Cavilando y cavilando anduve así hasta que me aburrí de cavilar y traté de poner el cerebro en blanco para descansar un poco. Al fin que mi destino ya estaba cerca.