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El cielo tiene precio

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 28 de Enero de 2026 a las 5:37 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 8

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    La descargué por curiosidad, como todos. La aplicación se llamaba Gabriel. Ícono: un ala blanca sobre fondo negro. Sin publicidad, sin permisos raros, solo una frase en la pantalla de bienvenida:

    «Tu fin tiene fecha. Yo puedo darte el mejor destino».

    El primer aviso llegó a las 4:16 de la madrugada.

    Nombre: Daniel Castaño
    Fecha estimada de su fin: 19 de diciembre de 2026, 12:02 h
    Causa: hemorragia cerebral masiva por aneurisma roto
    Probabilidad actual: 99,8 %
    (Nota: presencia de cadáver femenino en la misma habitación).
    Debajo, un botón dorado:
    «Evita este destino – Suscripción Premium: 144 000 € (pago único)».

    Casi me río. Era obscenamente caro. Cerré la app, borré la notificación y volví a dormir.

    A la mañana siguiente mi mujer me encontró en la cocina mirando el móvil con la boca abierta. Ella también había recibido la suya.

    Nombre: Laura Castaño
    Fecha estimada de su fin: 19 de diciembre de 2026, 4:15 h
    Causa: paro cardíaco secundario a shock hemorrágico
    Probabilidad actual: 99,8%
    El botón dorado brillaba igual. El precio era idéntico.

    No dormimos más esa noche. Buscamos en foros, en Telegram, en X, hasta en la Dark Web. Miles de personas tenían la misma fecha: 19 de diciembre. La misma hora, con un minuto de diferencia entre cónyuges, hermanos, padres e hijos. Como si alguien hubiera programado una matanza familiar global. Al principio nos entró la duda. Luego dijimos que era una estupidez. Una fake news para crear el medio colectivo y bajar el precio en el sector inmobiliario y obtener casas a precios de regalo.
    Cuando vinieron a ofrecerme el dinero para pagar la suscripción de mi esposa y la mía, casi los corrí a patadas. Mi casa tiene un valor real cercano a un millón trescientos mil dólares, y que me ofrezcan menos de la cuarta parte de su valor, aunque honestamente no está en mis planes venderla, me pareció incluso insultante.

    Un vecino millonario, Arturo Salazar, hizo la transferencia a las 6:23 de la mañana. Segundos después le llegó el mensaje con la buena nueva. Había asegurado su lugar y el de su familia en el paraíso.

    Cuando nos enteramos nos burlamos. Pensamos: «Qué tipo estúpido. Ya cayó en una estafa». Y así hicieron muchos tantos con todos aquellos que alrededor del globo buscaban asegurar su salvación eterna. Nos reímos el doble en casa cuando nos enteramos que Arturo había pagado una fortuna y entregado su casa, sus autos, su empresa, y todo el mobiliario por la salvación de sus parientes fallecidos.

    Como buenos hipócritas que los seres humanos podemos llegar a ser, fuimos a visitar a Arturo, y nos mostró que le había llegado en la app Gabriel un mensaje nuevo:

    «Bienvenido al Primer Rapto. Tu asiento está reservado. No mires atrás».

    Entonces llegó la fecha. Esa tarde los que no habíamos pagado empezamos a escucharlos. Los que habían pagado empezaron a desaparecer. No «morir». Desaparecer.

    Primero fue un zumbido bajo, como un enjambre lejano. Luego voces. Miles de voces susurrando al unísono desde el cielo negro, sin nubes, sin estrellas. Cantaban en latín antiguo, pero entendíamos cada palabra:

    «Venite, benedicti Patris mei, possidete paratum vobis regnum a constitutione mundi…»

    Los que habían pagado subían. Los veías elevarse despacio, envueltos en una luz blanca cegadora, con los brazos abiertos y una sonrisa de éxtasis absoluto. Sus pies dejaban huellas de fuego en el aire que se apagaban al instante. Subían y desaparecían entre las tinieblas como si el cielo los absorbiera con un beso.

    Y entonces empezaba lo nuestro. A los que nos quedábamos se nos abrían los ojos por dentro. Literalmente. Sentías cómo algo empujaba desde el cerebro hacia las cuencas. Los párpados se desgarraban. Los globos oculares salían disparados, colgando de los nervios ópticos como yoyós de carne. Y veías. Veías lo que venía por nosotros. No eran demonios con cuernos. Eran los que no pudieron pagar en siglos pasados. Millones de almas rechazadas, hinchadas de resentimiento. Bajaban en silencio, flotando boca abajo, y escogían.

    A Laura la eligieron a las 4:15. Estaba sentada en el sofá, temblando, cuando su pecho se abrió como una flor de carne. Sin sangre al principio. Solo un hueco perfecto, redondo, por donde asomó una mano infantil, pálida, con uñas largas como navajas. La mano le acarició la mejilla con ternura antes de hundirse en su corazón y arrancárselo de un solo tirón. Laura ni siquiera gritó. Solo miró el hueco vacío y susurró:

    «Era tan caro… era tan caro…»

    Segundos después me tocó a mí.
    Sentí el aneurisma romperse. Fue como si alguien vertiera plomo hirviendo dentro de mi cráneo. Caí de rodillas. La sangre me salió por la nariz, por los oídos, por los ojos que ya no tenía. Y mientras me ahogaba en mi propia cabeza, Gabriel vibró una última vez en el bolsillo.

    Nuevo mensaje: «Saldo insuficiente. Acceso denegado al Reino. Disfruta del resto».

    Después vino el silencio.

    Y en ese silencio, arriba, muy arriba, entre las voces que seguían cantando, escuché la de Arturo Salazar, el vecino que sí pagó. Sonaba feliz, casi borracho de gozo. Y dijo, claro como el cristal:

    «Valió cada centavo».

    La última cosa que sentí fue que algo me levantaba del suelo. No con manos, sino con miles de diablillos que me besaban la cara, el cuello, el cerebro expuesto. Me llevaban hacia abajo, no hacia arriba. Hacia un lugar donde el cielo tiene precio y el infierno acepta pagos en sufrimiento eterno.

    Y mientras me arrastraban, Gabriel se encendió una vez más en la oscuridad, mostrando una única frase en letras doradas:

    «Oferta especial: Suscripción familiar ahora al 50 %. Date prisa. Quedan pocos asientos».

    Después, la pantalla se apagó y ya no hubo luz nunca más.

    Mientras caía al averno pensé:

    «Debí de haber vendido la casa».
     
    #1

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