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El cofre

Tema en 'Prosa: Generales' comenzado por Calimero, 8 de Febrero de 2026 a las 7:45 PM. Respuestas: 1 | Visitas: 15

  1. Calimero

    Calimero Poeta recién llegado

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    En el baño guardaba el viejo su cofre. Tenía que colocar un taburete para alcanzarlo. Valía la pena el esfuerzo. Brillaban mis ojos envueltos por la música y el giro de la diminuta bailarina. Mis manos, gozosas, sostenían la cajita tan especial. A mí me decía que cuando fuera mayor me crecería la barba y que podría utilizar una cajita como aquella, de música infantil, un joyero musical de bailarina. Allí guardaba el viejo las cuchillas, como bebés dormidos en la cuna.

    Todas las mañanas corría al baño. Abría el cofre: en el espejito veía unas manos muy grandes acariciando la minúscula melena de la bailarina. Siempre oía un silbido que rozaba mi cogote. Aquellas manos parecían de cristal de un color verde. Pero las cuchillas no quise nunca tocarlas. Dejaba solo que mi vista se posara lentamente sobre ellas, mientras sentía mariposas en mis labios y un cosquilleo por mis pantorrillas.

    No podía demorarme mucho en estas cuitas porque el viejo era muy puntilloso con los ruidos; a la mínima se despertaba y (¡zas!) comenzaba la cantinela:

    —Oí ruido, ¿andas por ahí? -preguntaba desde su habitación.

    Por mi parte, silencio.

    —¿Me oíste? -volvía a preguntar, impaciente.

    —Sí, sí, todo está bien -respondía yo, temeroso de que se levantara.


    Aquel momento de la mañana se me hacía corto, y nunca supe o quise coger una de aquellas cuchillas, levantarla de su almohadón, sostenerla entre mis dedos índice y pulgar, y quitar el fino envoltorio. Nunca vi una cuchilla cuando el viejo se afeitaba, que no era mucho; lo hacía cada quincena. Cerraba la puerta con pestillo.

    Pero aquella mañana, tenía el cofre abierto: la bailarina giraba, las cuchillas dormían en su cuna, y las manos que siempre había visto en el espejo, acariciaban mis manos. Tembló todo mi cuerpo. Vi muchas estrellas, como si se alzaran volando hacia mí las cuchillas. Cerré el cofre y salí corriendo.

    —¿Qué trasteas por ahí? -preguntó el viejo.

    —No, nada, nada. -contesté, tratando de mantener la calma.


    De tripas hice corazón para entrar de nuevo al baño. Tenía que dejar el cofre en su sitio.


    —Pero ¿ qué estás haciendo?

    —No, nada… Ya está, ya está.


    Subí rápido al taburete, alcancé a dejar el cofre en la repisa del armario. Temblaron mis piernas. Me crucé con el viejo, iba yo con el taburete en la mano y me disponía a salir.

    —¿Qué andas trasteando? -dijo mirándome fríamente.


    Pero no sentí únicamente acritud en su mirada, sino una extraña mezcla de frío y alegría, como cuando salía con otros niños a jugar con la nieve, las pocas veces que nevaba. Azorado, fui corriendo a dejar el taburete en su sitio.

    —Anda, lávate las manos, que preparo el desayuno -oí decir a viejo, que vino tras de mí.


    Cuando comenzó a caer el agua, asombrado, vi mis dedos verdes. Dejé que el agua a presión cayera sobre ellos, muy fuerte los froté hasta que desapareció el tinte.

    Estábamos tomando el desayuno, cuando me dijo el viejo, con una voz extrañamente pausada:

    —No sé si me afeitaré hoy. Tal vez otro día.
     
    #1
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  2. Alde

    Alde Miembro del Jurado/Amante apasionado Miembro del Equipo Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    La inocencia infantil y el temor al mundo adulto, mientras el niño lucha por equilibrar su curiosidad con el miedo a ser descubierto.
    Muy reflexivo.

    Saludos
     
    #2

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