Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Fue un martes sin nombre, o un jueves travestido de lunes: de esos días que se diluyen sin que el calendario los reclame. El cielo no era gris, era un gris que ya se había cansado de sí mismo, como si estuviera harto de fingir que llover tiene sentido.
Las calles tenían ese olor a asfalto humedecido por lo irremediable, y las personas caminaban como puntos suspensivos bajo paraguas que más que proteger, escondían.
Entonces sucedió.
Una gota, una sola, temblorosa en el borde superior del ventanal de la cafetería. La vi desde mi rincón, justo donde el silencio y yo habíamos firmado una tregua temporal.
Era pequeña, sí, pero había en su quietud algo que rozaba lo solemne. Como si supiera que estaba a punto de cometer un acto definitivo. No cayó de inmediato, no se lanzó como todas las otras que obedecen a la gravedad sin preguntarse nada. Ella se quedó ahí, pensativa, como quien duda entre morir o confesar un secreto.
Y entonces resbaló.
Pero no fue una caída, no. Fue una confesión.
Mientras bajaba, se iba deshaciendo en mí.
La gota dejó de ser agua para volverse espejo.
Y en ese espejo me vi.
Vi tu espalda alejándose en cámara lenta.
Vi mis manos temblando en una llamada no contestada.
Vi los cafés que se enfriaron esperando nuestras charlas.
Vi tus ojos —cuando aún me miraban— y los míos, cuando ya habían aprendido a fingir que no dolían.
La gota se convirtió en lágrima justo cuando tocó el marco de la ventana. Como si en ese roce entre el afuera y el adentro algo se hubiese quebrado.
Me estremecí.
Porque entendí que no era el clima lo que lloraba. Era yo.
Y no con los ojos.
Con la memoria.
Recordé entonces que el dolor no siempre grita. A veces solo humedece, gotea, se cuela por las rendijas de un día cualquiera, disfrazado de lluvia.
Pero basta una sola gota —una, nada más— para abrir la compuerta de todo lo que duele.
Lloré sin llorar.
Como lloran los trenes que no parten.
Como lloran las cartas que nunca se enviaron.
Como lloran los cuerpos que se amaron sin futuro.
Y nadie lo notó. Porque el mundo tiene prisa. Porque el mundo no ve lágrimas cuando llueve.
Pero yo sí.
Yo vi a la gota convertirse en lágrima.
Y supe que ese día no llovía allá afuera.
Llovía dentro de mí.
Las calles tenían ese olor a asfalto humedecido por lo irremediable, y las personas caminaban como puntos suspensivos bajo paraguas que más que proteger, escondían.
Entonces sucedió.
Una gota, una sola, temblorosa en el borde superior del ventanal de la cafetería. La vi desde mi rincón, justo donde el silencio y yo habíamos firmado una tregua temporal.
Era pequeña, sí, pero había en su quietud algo que rozaba lo solemne. Como si supiera que estaba a punto de cometer un acto definitivo. No cayó de inmediato, no se lanzó como todas las otras que obedecen a la gravedad sin preguntarse nada. Ella se quedó ahí, pensativa, como quien duda entre morir o confesar un secreto.
Y entonces resbaló.
Pero no fue una caída, no. Fue una confesión.
Mientras bajaba, se iba deshaciendo en mí.
La gota dejó de ser agua para volverse espejo.
Y en ese espejo me vi.
Vi tu espalda alejándose en cámara lenta.
Vi mis manos temblando en una llamada no contestada.
Vi los cafés que se enfriaron esperando nuestras charlas.
Vi tus ojos —cuando aún me miraban— y los míos, cuando ya habían aprendido a fingir que no dolían.
La gota se convirtió en lágrima justo cuando tocó el marco de la ventana. Como si en ese roce entre el afuera y el adentro algo se hubiese quebrado.
Me estremecí.
Porque entendí que no era el clima lo que lloraba. Era yo.
Y no con los ojos.
Con la memoria.
Recordé entonces que el dolor no siempre grita. A veces solo humedece, gotea, se cuela por las rendijas de un día cualquiera, disfrazado de lluvia.
Pero basta una sola gota —una, nada más— para abrir la compuerta de todo lo que duele.
Lloré sin llorar.
Como lloran los trenes que no parten.
Como lloran las cartas que nunca se enviaron.
Como lloran los cuerpos que se amaron sin futuro.
Y nadie lo notó. Porque el mundo tiene prisa. Porque el mundo no ve lágrimas cuando llueve.
Pero yo sí.
Yo vi a la gota convertirse en lágrima.
Y supe que ese día no llovía allá afuera.
Llovía dentro de mí.