Stela
Poeta recién llegado
Se sentaba delante de su espejo. Más que todo, quería, por última vez, poner más polvo sobre su piel tan arrugado. Aunque sabía que unos gestos de mano no podía esconder todos los años de tortura y sufrimiento del campo de concentración donde fue llevada como niña, todavía tenía la fuerza para sonreirse a su propia imagen. De una caja antigua que su padre le trajó cuando se volvió de un viaje por Oriente, tomó collar de perlas. La puso en el cuello, como en la cama. Ahí el collar durmió un sueño eterno. Con sus manos tremorosas y con sus dedos curvados de vejez puso carmín, rojo como la sangre, en sus labios secos y relajados. El color era igual al derramado en los desiertos inmensos. Soltó su pelo porque quería sentir los años desenfrenados de juventud que la envolvieron y ya no podían volver. El pelo, blanco como la primera nieve, se tambaleaba en el viento cálido que entraba por la ventana de su cuarto. Por fin, de un pañuelo de satén que llevaba su iniciales S.C. sacó un anillo de oro blanco que un día primaveral y lluvioso la llevo al amor imortal. Puso la mano en el pecho de una forma que el anillo de fidelidad vio su reflejo al espejo. Se miró por última vez. Puerta y ventan se cerraron en el mismo momento cuando sus párpados imitaron el movimiento. Se sentaba delante de imagen que ya no era suyo. Viejo reloj de pared palpitó doce veces pero el corazón no pulsaba más. Se derretió igual que ese carmín o anillo de oro blanco.
Ese mismo día una noticia se divulgó por la ciudad, en los años de ochenta, murrió famosa pintora Sara Cohen.
Ese mismo día una noticia se divulgó por la ciudad, en los años de ochenta, murrió famosa pintora Sara Cohen.
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