El espejo

ivoralgor

Poeta fiel al portal
A Isabel con cariño.​

Esa noche estuve tentada a hablarle, pero tenía miedo; un miedo que me hacía temblar las piernas. Siempre lo creí un pervertido, solía enviarme cuentos subidos de tono, a veces, algo asquerosos. Tenía una sonrisa que contagiaba, aunque no era atractivo como Luis, que lucía un cuerpo atlético, ojos miel y cabello ondulado. No sé explicar lo que me hacía sentir cuando estaba a su lado; quizá no quiero aceptar que, más allá de sus cuentos, era una persona llena de anécdotas que envidiaba. En una ocasión me dijo que sus cuentos tenían algo de verdad y otro tanto de ficción. Jamás me dijo que parte era ficción, pero me excitaba pensar que todo era real. No entiendo bien el erotismo, sin embargo, leía anonadada sus cuentos.

“Una vez más, el cierre lo tengo en las narices. Estoy harta de esta mierda. Quiero estar en casa, junto a Marc, sentir su aliento envolverme lentamente. Sentir sus manos grandes acariciarme el cuerpo. La voz chillona de mi jefe me saca del trance, de los dedos de Marc que entran y salen de mi sexo…”

Miré la hora: siete treinta. Sabía que estaría en su lugar, siempre se quedaba tarde los viernes; una manía de escritor, se justificaba. Mi jefe nos presentó el día que entré a la compañía. Joel Andrade, dijo con voz amable y extendió la mano para saludar. Alexa Ordoñes, contesté el saludo. No hubo esa química, lo sentí falso. No teníamos mucho contacto. Normalmente, él estaba fuera de la oficina por su cargo de auditor. En las fiestas de fin de año coincidimos un par de ocasiones. De buenas a primeras, empezó a enviarme, por correo, sus cuentos; ahí supe que escribía. Para ser sincera, no leí los primeros cuentos que me envió, los eliminé. Lo hice un día que curioseaba por mi correo electrónico y me topé con uno, se llamaba “Sol de mayo”. Leí el primer párrafo:

“Miré en el espejo mi desnudez. Me ericé de inmediato. Una sensación de abandono empezó a invadirme. El sol penetraba por la ventana; era una cálida mañana de mayo. Me mordí los labios y apreté los muslos…”

No terminé de leerlo, me pareció fuera de lugar, sucio. ¡Cómo se atrevió a enviarme algo así! Desde eso, lo evitaba. Luego supe que no sólo a mí me los enviaba y, a veces, eran tema de plática sus cuentos. Más por el morbo, que por gusto, le di una segunda oportunidad a sus cuentos y me propuse leerlos. Me sorprendió los temas que plasmaba en ellos: amor, deseos, desamor, crueldad, ironía, erotismo; una gama de matices.

Superé el temor. Alcé el teléfono y marqué su extensión. Bueno, dijo amablemente. Soy Alexa, dije. Cambió de inmediato, la tesitura cálida de su voz me envolvió. Estuvimos platicando cerca de treinta minutos. Lo invité a un café. Quedamos en vernos en la cocineta. Me dijo que estaba escribiendo un cuento para un concurso. Lo felicité y auguré que ganaría. Me falta mucho para eso, dijo con una sonrisa en el rostro. Sorbió un poco de café. Le acaricié la mano que tenía sobre la barra de la cocineta. Jamás imaginé su reacción: no te confundas, dijo con voz seria. Estoy saliendo con alguien de la oficina. Quedé helada. Entonces, si eran ciertos los rumores de que salía con una gerente de mercadotecnia, eran amantes.

Esa noche, al llegar a mi casa, me encerré en mi cuarto. Miré mi desnudez frente al espejo. Me imaginé sus dedos entrando y saliendo de mi sexo. Me mordí los labios y apreté los muslos.


 
A Isabel con cariño.​

Esa noche estuve tentada a hablarle, pero tenía miedo; un miedo que me hacía temblar las piernas. Siempre lo creí un pervertido, solía enviarme cuentos subidos de tono, a veces, algo asquerosos. Tenía una sonrisa que contagiaba, aunque no era atractivo como Luis, que lucía un cuerpo atlético, ojos miel y cabello ondulado. No sé explicar lo que me hacía sentir cuando estaba a su lado; quizá no quiero aceptar que, más allá de sus cuentos, era una persona llena de anécdotas que envidiaba. En una ocasión me dijo que sus cuentos tenían algo de verdad y otro tanto de ficción. Jamás me dijo que parte era ficción, pero me excitaba pensar que todo era real. No entiendo bien el erotismo, sin embargo, leía anonadada sus cuentos.

“Una vez más, el cierre lo tengo en las narices. Estoy harta de esta mierda. Quiero estar en casa, junto a Marc, sentir su aliento envolverme lentamente. Sentir sus manos grandes acariciarme el cuerpo. La voz chillona de mi jefe me saca del trance, de los dedos de Marc que entran y salen de mi sexo…”

Miré la hora: siete treinta. Sabía que estaría en su lugar, siempre se quedaba tarde los viernes; una manía de escritor, se justificaba. Mi jefe nos presentó el día que entré a la compañía. Joel Andrade, dijo con voz amable y extendió la mano para saludar. Alexa Ordoñes, contesté el saludo. No hubo esa química, lo sentí falso. No teníamos mucho contacto. Normalmente, él estaba fuera de la oficina por su cargo de auditor. En las fiestas de fin de año coincidimos un par de ocasiones. De buenas a primeras, empezó a enviarme, por correo, sus cuentos; ahí supe que escribía. Para ser sincera, no leí los primeros cuentos que me envió, los eliminé. Lo hice un día que curioseaba por mi correo electrónico y me topé con uno, se llamaba “Sol de mayo”. Leí el primer párrafo:

“Miré en el espejo mi desnudez. Me ericé de inmediato. Una sensación de abandono empezó a invadirme. El sol penetraba por la ventana; era una cálida mañana de mayo. Me mordí los labios y apreté los muslos…”

No terminé de leerlo, me pareció fuera de lugar, sucio. ¡Cómo se atrevió a enviarme algo así! Desde eso, lo evitaba. Luego supe que no sólo a mí me los enviaba y, a veces, eran tema de plática sus cuentos. Más por el morbo, que por gusto, le di una segunda oportunidad a sus cuentos y me propuse leerlos. Me sorprendió los temas que plasmaba en ellos: amor, deseos, desamor, crueldad, ironía, erotismo; una gama de matices.

Superé el temor. Alcé el teléfono y marqué su extensión. Bueno, dijo amablemente. Soy Alexa, dije. Cambió de inmediato, la tesitura cálida de su voz me envolvió. Estuvimos platicando cerca de treinta minutos. Lo invité a un café. Quedamos en vernos en la cocineta. Me dijo que estaba escribiendo un cuento para un concurso. Lo felicité y auguré que ganaría. Me falta mucho para eso, dijo con una sonrisa en el rostro. Sorbió un poco de café. Le acaricié la mano que tenía sobre la barra de la cocineta. Jamás imaginé su reacción: no te confundas, dijo con voz seria. Estoy saliendo con alguien de la oficina. Quedé helada. Entonces, si eran ciertos los rumores de que salía con una gerente de mercadotecnia, eran amantes.

Esa noche, al llegar a mi casa, me encerré en mi cuarto. Miré mi desnudez frente al espejo. Me imaginé sus dedos entrando y saliendo de mi sexo. Me mordí los labios y apreté los muslos.




Muy buena presentación, mi estimado amigo Ivoralgor, muy bien narrada. Uno se queda con ganas de otra historia más de Alexa Ordoñes...

muy buena...

Te envío mis saludos.
 

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