elbosco
Poeta fiel al portal
Con afecto para...
Nuestro personaje escribía por placer, por pasión, y por irresistible vanidad. Autor de cientos de poemas y cuentos, los divulgaba en un portal de poesía y prosa en Internet. Conocido por la mayoría de los mejores o más populares escritores y críticos que frecuentaban ese portal, gozaba de una excelente reputación, a su juicio bien ganada.
A pesar de la cantidad y calidad de elogios, halagos, felicitaciones y buenos augurios que recibía en cada uno de los foros que abría con una nueva obra, juzgaba que ninguno de estos logros era superior al hecho mismo de haberse construido una sólida reputación, la de un escritor ocurrente, un crítico serio e, incluso, la de un maestro de escritores y poetas.
Se había hecho merecedor de algunos reconocimientos: "Nuevo Talento", "Poeta del mes" y varios otros títulos y menciones que figuraban junto a su perfil de usuario en el portal. Al parecer, todos gustaban de su obra tanto como él mismo.
Pero entre tanto éxito, un tema lo incomodaba: Ese gentil, profundo y delicado escritor que todos veían en él no era otra cosa que un personaje, un personaje al que había dado forma naturalmente, casi sin desearlo. Un personaje que había cobrado vida desde su intención de agradar y conmover, reprimiendo sus impulsos más mezquinos y egoístas y exacerbando sus virtudes. A pesar de esta parcialidad, su identificación con el personaje creado era total y plena. Este personaje no era uno más de los cientos que poblaban sus cuentos y poemas, este escritor que firmaba con su propio nombre representaba lo mejor de sí mismo.
Cuando escribía o comentaba la obra de otros, se placía en abandonarse a los dictámenes, formas y opiniones de su personaje. Era un escritor culto, moderado, equilibrado, exquisito apreciador de la belleza, que hablaba con un lenguaje florido y gentil, cortés y animoso, sin por ello dejar de ser jovial y coloquial. Realmente le gustaba ser ese escritor. Llegó a pensar que esta interpretación lo hacía mejor persona, ya que aunque algo artificiosamente, no dejaba de ser él mismo quien interactuaba con los demás escritores.
Se sentía tan cómodo y feliz con su vida en el foro y con las relaciones de compañerismo y amistad que había cosechado que hasta llegó a preocuparse por quedar afectado por algún tipo de psicosis. Llegó a buscar en Google información sobre bipolaridad, pero sus miedos quedaron aplacados.
Su vida se sucedía de maravilla hasta que apareció un nuevo personaje que no cuadraba en su plan general. Cierto autor sudamericano había aparecido en el portal y repentinamente se había interesado en sus obras, comenzado una serie de comentarios desde los foros más antiguos, foros que contenían sus primeras obras, aquellas que según su criterio eran las más imperfectas y que por ende, prefería verlas olvidadas antes que resucitadas por nuevos comentarios críticos.
Estos comentarios lograron incomodarlo inusitadamente. No eran comentarios rudos, ni parecían mal intencionados, ni cuestionaban la calidad de sus obras, por el contrario, eran gentiles, inteligentes y audaces en sus comparaciones. Sí, reconocía que eran ocurrentes y originales, cortos, sintéticos y muy concretos, pero en cada uno de ellos, él percibía un dejo de desconfianza, y a su vez, de complicidad. Las sugerencias gramaticales ponían en evidencia su acotado conocimiento en ese área, los comentarios sobre la organización de cada obra le provocaban inseguridad porque él mismo no estaba muy seguro de comprenderlos, las comparaciones de sus cuentos y poesías con obras de autores famosos lo hacían sentir acusado de plagio, dejando de alguna manera plantada la duda sobre la originalidad de su obra.
El peligro, y el veneno, de estos cándidos y frescos comentarios residía en que mencionaban lo que nadie más había visto, criticado o evidenciado... Y por eso sentía que lo estaba desnudando, y que lo ponía en evidencia. Y sospechaba que el sudamericano dudaba o resentía de su tan cuidada identidad virtual y de la verdadera calidad de sus escritos.
Se convenció de que su doble vida había sido descubierta y con ello, también sus más secretos e íntimos anhelos de fama y éxito.
Cada vez que el sistema del portal le anunciaba que tenía un comentario del sudamericano, él sufría. Dudaba de si leerlo. Experimentaba una gran reticencia en agradecerlo, como era su costumbre, y no sabía realmente qué contestarle.
Cada nuevo comentario del sudamericano en sus foros le provocaba la terrible sensación de que ese foro estaba arruinado y de que ya no volvería a ser el mismo espacio lleno de gracia y virtud. Sentía que luego de esos comentarios, él ya no podía contestar a ningún otro comentario, ya que había sido puesto en evidencia y, con cada palabra que dijera e intentara defenderse se pondría en juego su credibilidad.
«¿Quién era ese tipo después de todo? Los sudamericanos no dominaban el arte del lenguaje y la escritura como los españoles... con sus deformaciones al hablar, sus acentos musicales y despreciables, sus ridículos regionalismos que mezclaban la pureza del castellano con lenguas nativas ¡o con el italiano!... ¿Qué autoridad tenían ellos para cuestionar a un español nativo? Ellos habían aprendido el español de las clases bajas que fueron a colonizar América, y no amaban el correcto castellano hablado en Castilla, no habían aprendido la delicadeza y las nobles formas de la lengua del sabio Alfonso. Tenían en cambio a Borges, a Vargas Llosa, a Bolaño... sí... grandes escritores... él mismo había gozado en su juventud de la genial pluma a Mujica Lainez, y hasta se había atrevido a abordar a García Márquez, y a ese otro deformador del lenguaje y los géneros que es Julio Cortázar... sí, tenían inventiva esos miserables... tenían calidad, había representado la vanguardia del idioma ante el mundo y por sobre los propios autores ibéricos, pero algo no tenían, no tenían la esencia original.»
Así renegaba y despotricaba nuestro personaje contra el nuevo mundo, y reivindicaba esa esencia española de la que él se sentía heredero y por la cual ningún sudamericano tenía derecho a cuestionar su obra.
La situación empeoró cuando decidió leer lo que su crítico escribía. Leyó sus relatos, la mayoría cuentos cortos con tintes autobiográficos.
Juzgó que era un escritor escueto y económico, que incluso podía acusársele de carecer de gracia, con una economía y precisión de vocabulario que lo convertía en una especie de caricatura de Borges, una falsa riqueza de lenguaje remitía vagamente a Carpentier... pensó que el sudamericano no era otra cosa que una emulada y pálida remembranza de lo mejor de sus representantes regionales, esos autores puestos de moda en la década del sesenta, época en que la península Ibérica bajó la guardia y les dio cabida... pero él en cambio, era un legítimo hijo de Cervantes, y ningún advenedizo podría cambiar eso. Lo llevaba en su sangre, en su cultura, en sus entrañas, en sus genes...
Con todo, dolorosa e interiormente lo envidiaba. Sus textos eran directos y sintéticos y lo hacían pensar más de lo que lo hubieran hecho largas y decoradas composiciones. Habría querido opinar, criticar, comentar alguna cosa que le causare resquemor, pero sus textos eran tan escuetos que ni siquiera aceptaban una objeción. No pretendían ser otra cosa que lo que eran. Esa simpleza, esa falta de arrogancia literaria fue la gota que colmó el vaso. Se sintió vano, y sintió que toda su obra era una cáscara sin contenido, un emblema sin significado, llena de palabrería y verborragia.
Desde ese día no volvió a leer ningún comentario del sudamericano. Lo detestaba, lo aborrecía y optó por ignorarlo.
Se dio cuenta de que toda esa energía negativa era el reverso del gentil y bondadoso personaje de escritor que cultivaba. Se sintió falso, perverso, maquiavélicamente calculador. Sintió que todo lo que había hecho, todo el trabajo que había puesto en su obra y personaje se diluían en este nuevo odio que sentía.
Razonó que habiendo concentrado todos sus esfuerzos para volcar sus virtudes en el personaje de su escritor, resultaba inevitable que finalmente encontrase en quien descargar sus peores defectos y que aflorasen sus más secretas debilidades.
Pero de algo estaba seguro, el portal se había vuelto parte de su vida y lo que sucedía en el tenía más peso e importancia que lo que le sucedía en su vida real, y no podía permitir que alguien se lo arruine.
Lo más lamentable era que desde que lo aquejaban los comentarios y la existencia del sudamericano, ya no podía escribir tan bien como antes, ni sus comentarios en las obras de otro tenían la gracia que lo caracterizaba, comentarios que ahora escribía mecánicamente, sin ganas, sin ideas, y casi sin desear agradar.
Todo esto era culpa del sudamericano, que sin duda era su enemigo. Tenía que combatirlo, buscar la forma de desacreditarlo, difamarlo, enfrentarlo contra todos y a todos contra él.
Comenzó a vivir cada día amargado de rabia y odio hasta que comprendió que en el fondo todo se reducía a miedo y angustia ante la posibilidad de quedar desacreditado frente a sus lectores y perder su reputación.
Intentó olvidarse de todo pero, casi en forma enfermiza, vigilaba el profile de su adversario, buscaba sus comentarios en los textos de otros autores y los comentarios de otros en los de él.
Gozoso, fue testigo del hecho de que los textos del sudamericano tenían cada vez menos lectores. Sus contados escritos tenían pocas visitas en comparación con los suyos y muchísimos menos comentarios. Pudo identificar que quienes lo comentaban eran siempre los mismos, un reducido grupo de no más de una decena de lectores.
Recordó el refrán que afirma que las mayorías nunca se equivocaban y juzgó que la escasa convocatoria de lectores y la baja popularidad de su némesis eran un claro indicio de su bajo nivel literario. Pero ese era un razonamiento con el que íntimamente no comulgaba, y secretamente anhelaba que subiera nuevos textos, y cuando aparecían, a su pesar, los leía presuroso y se deleitaba con ellos.
Aunque no se atreviera a reconocerlo, lo envidiaba, sí lo envidiaba a la vez se gozaba viendo su decreciente popularidad y fracaso en el portal.
Para mayor alegría, hacía ya rato que ya no recibía sus molestos comentarios. Ahora se sentía fuera de peligro, su reputación seguía creciendo y su personalidad seguía cosechando los favores de la audiencia lectora.
En un corto período también pudo ser testigo de cómo la actividad del sudamericano fue mermando hasta el punto de que sus escasos nuevos textos ni siquiera eran comentados. No pasó mucho tiempo antes de que dejara de escribir y para que sus foros quedaran ocultos, sepultados bajo cientos de nuevos foros de estrepitosa actividad. Llegó así el momento en que el sudamericano era tan solo un mal recuerdo.
Al darse cuenta de esto experimentó la paradoja máxima de gozarse e indignarse por el hecho: Era justo que su enemigo desapareciera, pero ¡era inexplicable que el público no hubiera hecho algo para retenerlo! ¡¿Qué sucedía con los lectores?! ¡¿Acaso no eran capaces de reconocer el talento?!
Fue cuando articuló ese pensamiento que abandonó definitivamente el portal.
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Fernando M. Sassone
Nuestro personaje escribía por placer, por pasión, y por irresistible vanidad. Autor de cientos de poemas y cuentos, los divulgaba en un portal de poesía y prosa en Internet. Conocido por la mayoría de los mejores o más populares escritores y críticos que frecuentaban ese portal, gozaba de una excelente reputación, a su juicio bien ganada.
A pesar de la cantidad y calidad de elogios, halagos, felicitaciones y buenos augurios que recibía en cada uno de los foros que abría con una nueva obra, juzgaba que ninguno de estos logros era superior al hecho mismo de haberse construido una sólida reputación, la de un escritor ocurrente, un crítico serio e, incluso, la de un maestro de escritores y poetas.
Se había hecho merecedor de algunos reconocimientos: "Nuevo Talento", "Poeta del mes" y varios otros títulos y menciones que figuraban junto a su perfil de usuario en el portal. Al parecer, todos gustaban de su obra tanto como él mismo.
Pero entre tanto éxito, un tema lo incomodaba: Ese gentil, profundo y delicado escritor que todos veían en él no era otra cosa que un personaje, un personaje al que había dado forma naturalmente, casi sin desearlo. Un personaje que había cobrado vida desde su intención de agradar y conmover, reprimiendo sus impulsos más mezquinos y egoístas y exacerbando sus virtudes. A pesar de esta parcialidad, su identificación con el personaje creado era total y plena. Este personaje no era uno más de los cientos que poblaban sus cuentos y poemas, este escritor que firmaba con su propio nombre representaba lo mejor de sí mismo.
Cuando escribía o comentaba la obra de otros, se placía en abandonarse a los dictámenes, formas y opiniones de su personaje. Era un escritor culto, moderado, equilibrado, exquisito apreciador de la belleza, que hablaba con un lenguaje florido y gentil, cortés y animoso, sin por ello dejar de ser jovial y coloquial. Realmente le gustaba ser ese escritor. Llegó a pensar que esta interpretación lo hacía mejor persona, ya que aunque algo artificiosamente, no dejaba de ser él mismo quien interactuaba con los demás escritores.
Se sentía tan cómodo y feliz con su vida en el foro y con las relaciones de compañerismo y amistad que había cosechado que hasta llegó a preocuparse por quedar afectado por algún tipo de psicosis. Llegó a buscar en Google información sobre bipolaridad, pero sus miedos quedaron aplacados.
Su vida se sucedía de maravilla hasta que apareció un nuevo personaje que no cuadraba en su plan general. Cierto autor sudamericano había aparecido en el portal y repentinamente se había interesado en sus obras, comenzado una serie de comentarios desde los foros más antiguos, foros que contenían sus primeras obras, aquellas que según su criterio eran las más imperfectas y que por ende, prefería verlas olvidadas antes que resucitadas por nuevos comentarios críticos.
Estos comentarios lograron incomodarlo inusitadamente. No eran comentarios rudos, ni parecían mal intencionados, ni cuestionaban la calidad de sus obras, por el contrario, eran gentiles, inteligentes y audaces en sus comparaciones. Sí, reconocía que eran ocurrentes y originales, cortos, sintéticos y muy concretos, pero en cada uno de ellos, él percibía un dejo de desconfianza, y a su vez, de complicidad. Las sugerencias gramaticales ponían en evidencia su acotado conocimiento en ese área, los comentarios sobre la organización de cada obra le provocaban inseguridad porque él mismo no estaba muy seguro de comprenderlos, las comparaciones de sus cuentos y poesías con obras de autores famosos lo hacían sentir acusado de plagio, dejando de alguna manera plantada la duda sobre la originalidad de su obra.
El peligro, y el veneno, de estos cándidos y frescos comentarios residía en que mencionaban lo que nadie más había visto, criticado o evidenciado... Y por eso sentía que lo estaba desnudando, y que lo ponía en evidencia. Y sospechaba que el sudamericano dudaba o resentía de su tan cuidada identidad virtual y de la verdadera calidad de sus escritos.
Se convenció de que su doble vida había sido descubierta y con ello, también sus más secretos e íntimos anhelos de fama y éxito.
Cada vez que el sistema del portal le anunciaba que tenía un comentario del sudamericano, él sufría. Dudaba de si leerlo. Experimentaba una gran reticencia en agradecerlo, como era su costumbre, y no sabía realmente qué contestarle.
Cada nuevo comentario del sudamericano en sus foros le provocaba la terrible sensación de que ese foro estaba arruinado y de que ya no volvería a ser el mismo espacio lleno de gracia y virtud. Sentía que luego de esos comentarios, él ya no podía contestar a ningún otro comentario, ya que había sido puesto en evidencia y, con cada palabra que dijera e intentara defenderse se pondría en juego su credibilidad.
«¿Quién era ese tipo después de todo? Los sudamericanos no dominaban el arte del lenguaje y la escritura como los españoles... con sus deformaciones al hablar, sus acentos musicales y despreciables, sus ridículos regionalismos que mezclaban la pureza del castellano con lenguas nativas ¡o con el italiano!... ¿Qué autoridad tenían ellos para cuestionar a un español nativo? Ellos habían aprendido el español de las clases bajas que fueron a colonizar América, y no amaban el correcto castellano hablado en Castilla, no habían aprendido la delicadeza y las nobles formas de la lengua del sabio Alfonso. Tenían en cambio a Borges, a Vargas Llosa, a Bolaño... sí... grandes escritores... él mismo había gozado en su juventud de la genial pluma a Mujica Lainez, y hasta se había atrevido a abordar a García Márquez, y a ese otro deformador del lenguaje y los géneros que es Julio Cortázar... sí, tenían inventiva esos miserables... tenían calidad, había representado la vanguardia del idioma ante el mundo y por sobre los propios autores ibéricos, pero algo no tenían, no tenían la esencia original.»
Así renegaba y despotricaba nuestro personaje contra el nuevo mundo, y reivindicaba esa esencia española de la que él se sentía heredero y por la cual ningún sudamericano tenía derecho a cuestionar su obra.
La situación empeoró cuando decidió leer lo que su crítico escribía. Leyó sus relatos, la mayoría cuentos cortos con tintes autobiográficos.
Juzgó que era un escritor escueto y económico, que incluso podía acusársele de carecer de gracia, con una economía y precisión de vocabulario que lo convertía en una especie de caricatura de Borges, una falsa riqueza de lenguaje remitía vagamente a Carpentier... pensó que el sudamericano no era otra cosa que una emulada y pálida remembranza de lo mejor de sus representantes regionales, esos autores puestos de moda en la década del sesenta, época en que la península Ibérica bajó la guardia y les dio cabida... pero él en cambio, era un legítimo hijo de Cervantes, y ningún advenedizo podría cambiar eso. Lo llevaba en su sangre, en su cultura, en sus entrañas, en sus genes...
Con todo, dolorosa e interiormente lo envidiaba. Sus textos eran directos y sintéticos y lo hacían pensar más de lo que lo hubieran hecho largas y decoradas composiciones. Habría querido opinar, criticar, comentar alguna cosa que le causare resquemor, pero sus textos eran tan escuetos que ni siquiera aceptaban una objeción. No pretendían ser otra cosa que lo que eran. Esa simpleza, esa falta de arrogancia literaria fue la gota que colmó el vaso. Se sintió vano, y sintió que toda su obra era una cáscara sin contenido, un emblema sin significado, llena de palabrería y verborragia.
Desde ese día no volvió a leer ningún comentario del sudamericano. Lo detestaba, lo aborrecía y optó por ignorarlo.
Se dio cuenta de que toda esa energía negativa era el reverso del gentil y bondadoso personaje de escritor que cultivaba. Se sintió falso, perverso, maquiavélicamente calculador. Sintió que todo lo que había hecho, todo el trabajo que había puesto en su obra y personaje se diluían en este nuevo odio que sentía.
Razonó que habiendo concentrado todos sus esfuerzos para volcar sus virtudes en el personaje de su escritor, resultaba inevitable que finalmente encontrase en quien descargar sus peores defectos y que aflorasen sus más secretas debilidades.
Pero de algo estaba seguro, el portal se había vuelto parte de su vida y lo que sucedía en el tenía más peso e importancia que lo que le sucedía en su vida real, y no podía permitir que alguien se lo arruine.
Lo más lamentable era que desde que lo aquejaban los comentarios y la existencia del sudamericano, ya no podía escribir tan bien como antes, ni sus comentarios en las obras de otro tenían la gracia que lo caracterizaba, comentarios que ahora escribía mecánicamente, sin ganas, sin ideas, y casi sin desear agradar.
Todo esto era culpa del sudamericano, que sin duda era su enemigo. Tenía que combatirlo, buscar la forma de desacreditarlo, difamarlo, enfrentarlo contra todos y a todos contra él.
Comenzó a vivir cada día amargado de rabia y odio hasta que comprendió que en el fondo todo se reducía a miedo y angustia ante la posibilidad de quedar desacreditado frente a sus lectores y perder su reputación.
Intentó olvidarse de todo pero, casi en forma enfermiza, vigilaba el profile de su adversario, buscaba sus comentarios en los textos de otros autores y los comentarios de otros en los de él.
Gozoso, fue testigo del hecho de que los textos del sudamericano tenían cada vez menos lectores. Sus contados escritos tenían pocas visitas en comparación con los suyos y muchísimos menos comentarios. Pudo identificar que quienes lo comentaban eran siempre los mismos, un reducido grupo de no más de una decena de lectores.
Recordó el refrán que afirma que las mayorías nunca se equivocaban y juzgó que la escasa convocatoria de lectores y la baja popularidad de su némesis eran un claro indicio de su bajo nivel literario. Pero ese era un razonamiento con el que íntimamente no comulgaba, y secretamente anhelaba que subiera nuevos textos, y cuando aparecían, a su pesar, los leía presuroso y se deleitaba con ellos.
Aunque no se atreviera a reconocerlo, lo envidiaba, sí lo envidiaba a la vez se gozaba viendo su decreciente popularidad y fracaso en el portal.
Para mayor alegría, hacía ya rato que ya no recibía sus molestos comentarios. Ahora se sentía fuera de peligro, su reputación seguía creciendo y su personalidad seguía cosechando los favores de la audiencia lectora.
En un corto período también pudo ser testigo de cómo la actividad del sudamericano fue mermando hasta el punto de que sus escasos nuevos textos ni siquiera eran comentados. No pasó mucho tiempo antes de que dejara de escribir y para que sus foros quedaran ocultos, sepultados bajo cientos de nuevos foros de estrepitosa actividad. Llegó así el momento en que el sudamericano era tan solo un mal recuerdo.
Al darse cuenta de esto experimentó la paradoja máxima de gozarse e indignarse por el hecho: Era justo que su enemigo desapareciera, pero ¡era inexplicable que el público no hubiera hecho algo para retenerlo! ¡¿Qué sucedía con los lectores?! ¡¿Acaso no eran capaces de reconocer el talento?!
Fue cuando articuló ese pensamiento que abandonó definitivamente el portal.
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