Taitafa
Poeta recién llegado
El Gaucho
A Ricardo Guiraldes
El aire estila olor a mate,
a carona y pilchas acres;
la pampa infinita duele en la mirada
el facón maula vocinglera en el cinto
provocaciones y hombrías tropeleras,
enviones, pesadillas y guapezas.
Las lloronas gotean puntos suspensivos
en los ijares tensos del redomón.
La tropa puntera en el horizonte
se desdibuja en un abigarramiento
de lunas astifinas en las que Sirio prende
suspensos de rocío sobre tréboles.
Chambergo, poncho, guitarra,
sobre el recio rigor de la pampa
derrochan un entrevero de endechas
que son recuerdos de pulperías.
El tango abraza a la milonga
y hurta sombras de envidia
que mueren entre las llamas
que lamen la sordidez
de la cóncava tachonada.
La noche asolapada se cruza de brazos
amparando complicidades.
Sencillo y salvaje a par
gaucho y mancarrón marchan dormidos
hacia el portón de una aurora desguazada
en retazos de policromía tal
que hace bailar el aire.
El toro clava sus puñales
en la huella señalada
por un reguero de estrellas;
pezuña y testuz
levantan una cortina polvorienta
donde se diluye en grises
la silueta matrera del gaucho
A Ricardo Guiraldes
El aire estila olor a mate,
a carona y pilchas acres;
la pampa infinita duele en la mirada
el facón maula vocinglera en el cinto
provocaciones y hombrías tropeleras,
enviones, pesadillas y guapezas.
Las lloronas gotean puntos suspensivos
en los ijares tensos del redomón.
La tropa puntera en el horizonte
se desdibuja en un abigarramiento
de lunas astifinas en las que Sirio prende
suspensos de rocío sobre tréboles.
Chambergo, poncho, guitarra,
sobre el recio rigor de la pampa
derrochan un entrevero de endechas
que son recuerdos de pulperías.
El tango abraza a la milonga
y hurta sombras de envidia
que mueren entre las llamas
que lamen la sordidez
de la cóncava tachonada.
La noche asolapada se cruza de brazos
amparando complicidades.
Sencillo y salvaje a par
gaucho y mancarrón marchan dormidos
hacia el portón de una aurora desguazada
en retazos de policromía tal
que hace bailar el aire.
El toro clava sus puñales
en la huella señalada
por un reguero de estrellas;
pezuña y testuz
levantan una cortina polvorienta
donde se diluye en grises
la silueta matrera del gaucho