Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
A tientas, como quien busca la sombra en un cuarto repleto de luz, me acerqué a ti. No eras tú, claro, sino la idea de ti que habitaba los pliegues de mi insomnio, el borde líquido donde las palabras aún no son ni carne ni sueño. Porque eras palabra antes que gesto, susurro antes que piel, una constelación que orbitaba en mi pecho mientras el mundo afuera seguía su curso indiferente, desbordando relojes y agendas.
Me gustaba pensarte como un artefacto de relojería, un engranaje de intuiciones perfectas: tus ojos eran brújulas desquiciadas, tus manos, coordenadas que no sabían si acariciar o naufragar. Y yo, torpe marinero de sueños ajenos, me perdía en tus costas como si la arena fuese un bálsamo para el alma rota.
Pero qué puede hacer uno, más que dejarse devorar. Fuiste tigre en la selva de mis palabras, devorándome primero las vocales, después los silencios, hasta que no quedó de mí más que el eco de un verso sin ritmo, una mueca de prosa que no sabía cómo terminar. A veces me pregunto si fue hambre o nostalgia lo que te trajo. Si fuiste espejo que me devolvía mi reflejo más humano, o simplemente un puñado de espejismos que supieron calzar justo en el hueco que habitaba mi costado.
Ahora escribo como quien vuelve del exilio. Las palabras me pesan más que nunca, como si supieran que nacieron demasiado tarde para salvarme de ti, para salvarme de mí. Pero, oh, qué delicia este desgarro, qué banquete este dolor hecho verbo. Te devoro como quien bebe el último sorbo de una copa rota: con prisa, con miedo, con las manos heridas pero la lengua agradecida.
No sé si sigues siendo tú o sólo la idea de ti que todavía se cuela entre mis noches. Pero, ¿acaso importa? Los espejos nunca mienten, pero tampoco dicen toda la verdad.
Me gustaba pensarte como un artefacto de relojería, un engranaje de intuiciones perfectas: tus ojos eran brújulas desquiciadas, tus manos, coordenadas que no sabían si acariciar o naufragar. Y yo, torpe marinero de sueños ajenos, me perdía en tus costas como si la arena fuese un bálsamo para el alma rota.
Pero qué puede hacer uno, más que dejarse devorar. Fuiste tigre en la selva de mis palabras, devorándome primero las vocales, después los silencios, hasta que no quedó de mí más que el eco de un verso sin ritmo, una mueca de prosa que no sabía cómo terminar. A veces me pregunto si fue hambre o nostalgia lo que te trajo. Si fuiste espejo que me devolvía mi reflejo más humano, o simplemente un puñado de espejismos que supieron calzar justo en el hueco que habitaba mi costado.
Ahora escribo como quien vuelve del exilio. Las palabras me pesan más que nunca, como si supieran que nacieron demasiado tarde para salvarme de ti, para salvarme de mí. Pero, oh, qué delicia este desgarro, qué banquete este dolor hecho verbo. Te devoro como quien bebe el último sorbo de una copa rota: con prisa, con miedo, con las manos heridas pero la lengua agradecida.
No sé si sigues siendo tú o sólo la idea de ti que todavía se cuela entre mis noches. Pero, ¿acaso importa? Los espejos nunca mienten, pero tampoco dicen toda la verdad.