El silencioso y traicionero mar se lleva bravucón,los restos óseos de cientos de osados malabaristas de palabras,sin dejar en la orilla ardiente signo de harapo alguno.Mas un niño,con purpúreo halo de bienaventuranza,desnudo y sin vergüenza,se acerca junto a la ola moribunda,y con sus jóvenes pies juega a hacer tersos remolinos de gracia sin par.Ríe y sonríe ,mientras el atardecer lo envuelve con su manto dichoso,para que olvide el fugitivo día de quemazón ardiente;para que así se prepare ante la noche sin par,la cual lo exacerbará en su gloriosa alma hacia las alturas siderales de unas estrellas y una luna,cuyo palpitar eterno,le harán recordar por siempre que nunca su espíritu claudicará.