Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Arranqué mi corazón con la delicadeza de quien deshoja una alcachofa buscando el núcleo tierno, ese que solo duele cuando lo nombras. Te lo entregué envuelto en un pañuelo de lluvias antiguas, todavía palpitando como un pez fuera del agua que inventa branquias de aire. Pero tú, sonriendo con esa boca que sabía a tinta de mediodía, abriste tu pecho y me mostraste *el otro*: un órgano de cristal tallado, lleno de relojes detenidos a las tres en punto.
—Lo encontré en un sueño —dijiste—, late con el ritmo de las escaleras que cambian de dirección cuando subes descalzo.
Mi corazón, humilde y animal, se encogió entre tus manos. Comprendí entonces que los amantes somos taxidermistas: disecamos lo vivo para que parezca eterno. El tuyo, quieto y translúcido, ya había sido habitado por alguien más. Tal vez por ese fantasma que escribías en las cartas que nunca enviabas, cuyas palabras se volvían sal en tu lengua.
Ahora, camino con un hueco en el pecho que colecciona ecos. A veces, en la madrugada, siento tu corazón de cristal astillarse dentro de mí. Cada fragmento canta un verso de un poema que olvidamos quemar. Y el mío, abandonado en tu mesilla de noche, aprende a latir hacia atrás, como un reloj que deshace el tiempo para encontrarnos intactos, antes de que los corazones fueran moneda de cambio en un juego donde todos perdemos la apuesta.
—Lo encontré en un sueño —dijiste—, late con el ritmo de las escaleras que cambian de dirección cuando subes descalzo.
Mi corazón, humilde y animal, se encogió entre tus manos. Comprendí entonces que los amantes somos taxidermistas: disecamos lo vivo para que parezca eterno. El tuyo, quieto y translúcido, ya había sido habitado por alguien más. Tal vez por ese fantasma que escribías en las cartas que nunca enviabas, cuyas palabras se volvían sal en tu lengua.
Ahora, camino con un hueco en el pecho que colecciona ecos. A veces, en la madrugada, siento tu corazón de cristal astillarse dentro de mí. Cada fragmento canta un verso de un poema que olvidamos quemar. Y el mío, abandonado en tu mesilla de noche, aprende a latir hacia atrás, como un reloj que deshace el tiempo para encontrarnos intactos, antes de que los corazones fueran moneda de cambio en un juego donde todos perdemos la apuesta.