Kein Williams
Poeta fiel al portal
En el invierno de mi alma se oculta el sol radiante,
en las sombras y en el frío se enmarca mi semblante,
congelado por dentro, sin vida ni arrebato,
me arrastro entre las brumas, sin fuerzas, sin recato.
Mis lágrimas se vuelven copos de nieve plateados,
caen lentamente, cubriendo mis pasos desolados,
y en cada huella marcada, el peso de mi tristeza,
una herida congelada, que el viento no despeja.
En el silencio helado, resuena mi desconsuelo,
susurros en el aire, el eco de un desvelo,
mi voz, un suspiro gélido, se desvanece en la bruma,
y el alma se deshace, se pierde entre la espuma.
Soy un árbol desnudo, sin hojas ni esperanza,
mis ramas se desprenden, sin vida ni bonanza,
y en el susurro del viento, se escucha mi lamento,
una melodía sombría, sin canto, sin aliento.
Las estrellas parpadean, como faros en la noche,
guiando almas perdidas, con su débil derroche,
pero en mi cielo oscuro, no hay destellos de esperanza,
solo la neblina fría que anega mi bonanza.
Y así, en el invierno del alma, me encuentro sumido,
un paisaje desolado, un corazón herido,
pero en cada copo de nieve que cae suavemente,
aún palpita un destello de amor, eternamente.
Pues aunque el frío me abrace con su fúnebre caricia,
aún anhelo el renacer, la luz en la cornisa,
y en cada día oscuro, en cada helado suspiro,
sueño con la calidez, con el amor que respiro.
Así, en el invierno del alma, persiste una flama,
un fuego que no se apaga, que se alza en la penumbra,
y mientras el tiempo avanza, llevándome en su corriente,
sé que el invierno será eterno, pero mi espíritu, valiente.
en las sombras y en el frío se enmarca mi semblante,
congelado por dentro, sin vida ni arrebato,
me arrastro entre las brumas, sin fuerzas, sin recato.
Mis lágrimas se vuelven copos de nieve plateados,
caen lentamente, cubriendo mis pasos desolados,
y en cada huella marcada, el peso de mi tristeza,
una herida congelada, que el viento no despeja.
En el silencio helado, resuena mi desconsuelo,
susurros en el aire, el eco de un desvelo,
mi voz, un suspiro gélido, se desvanece en la bruma,
y el alma se deshace, se pierde entre la espuma.
Soy un árbol desnudo, sin hojas ni esperanza,
mis ramas se desprenden, sin vida ni bonanza,
y en el susurro del viento, se escucha mi lamento,
una melodía sombría, sin canto, sin aliento.
Las estrellas parpadean, como faros en la noche,
guiando almas perdidas, con su débil derroche,
pero en mi cielo oscuro, no hay destellos de esperanza,
solo la neblina fría que anega mi bonanza.
Y así, en el invierno del alma, me encuentro sumido,
un paisaje desolado, un corazón herido,
pero en cada copo de nieve que cae suavemente,
aún palpita un destello de amor, eternamente.
Pues aunque el frío me abrace con su fúnebre caricia,
aún anhelo el renacer, la luz en la cornisa,
y en cada día oscuro, en cada helado suspiro,
sueño con la calidez, con el amor que respiro.
Así, en el invierno del alma, persiste una flama,
un fuego que no se apaga, que se alza en la penumbra,
y mientras el tiempo avanza, llevándome en su corriente,
sé que el invierno será eterno, pero mi espíritu, valiente.