Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
La alborada se derrama lenta, como un susurro cansado que atraviesa la ventana. No es el amanecer que esperábamos; es un eco pálido, una promesa rota que se desliza entre las grietas del letargo. Ahí estamos, suspendidos en la sombra, en ese territorio donde los sueños y la vigilia negocian su tregua.
La sombra no se limita a cubrir el suelo, no. Se estira y nos envuelve, se cuela en la memoria, llena los espacios vacíos con un peso que no sabemos nombrar. Hay un diálogo mudo entre la luz que nace y la oscuridad que se niega a morir, como si cada alborada fuera también un acto de resistencia.
Pero el olvido es implacable. Se acomoda en nuestras manos, borrando el calor de lo que tocamos, arrastrando los nombres y los gestos hacia un abismo sin retorno. Quedamos ahí, con los ojos abiertos, mirando sin ver, dejando que el tiempo nos atraviese mientras la alborada insiste en desnudarnos de todo recuerdo.
Y, sin embargo, hay sangre. Una sangre que no fluye en las venas, sino en el aire, en el roce de las palabras que no dijimos, en el filo de las miradas que evitamos. Es una sangre densa, antigua, que late entre los escombros del deseo y la culpa, recordándonos que incluso en el letargo hay vida.
Así seguimos, atrapados en la alborada, con la sombra como testigo, el olvido como sentencia, y la sangre como único rastro de que alguna vez estuvimos aquí.
La sombra no se limita a cubrir el suelo, no. Se estira y nos envuelve, se cuela en la memoria, llena los espacios vacíos con un peso que no sabemos nombrar. Hay un diálogo mudo entre la luz que nace y la oscuridad que se niega a morir, como si cada alborada fuera también un acto de resistencia.
Pero el olvido es implacable. Se acomoda en nuestras manos, borrando el calor de lo que tocamos, arrastrando los nombres y los gestos hacia un abismo sin retorno. Quedamos ahí, con los ojos abiertos, mirando sin ver, dejando que el tiempo nos atraviese mientras la alborada insiste en desnudarnos de todo recuerdo.
Y, sin embargo, hay sangre. Una sangre que no fluye en las venas, sino en el aire, en el roce de las palabras que no dijimos, en el filo de las miradas que evitamos. Es una sangre densa, antigua, que late entre los escombros del deseo y la culpa, recordándonos que incluso en el letargo hay vida.
Así seguimos, atrapados en la alborada, con la sombra como testigo, el olvido como sentencia, y la sangre como único rastro de que alguna vez estuvimos aquí.