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El niño que no parpadea

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Luciano_olivera, 28 de Enero de 2026 a las 9:03 PM. Respuestas: 0 | Visitas: 7

  1. Luciano_olivera

    Luciano_olivera Poeta recién llegado

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    Hombre
    El día en que lo vi por primera vez no había presagio alguno en el cielo. Era una mañana común en la escuela, de esas en que el cuerpo se mueve por hábito y la mente se protege con la rutina. Yo era un maestro veterano, aunque la palabra maestro me resonaba cada vez más hueca. Enseñaba por inercia, no por una convicción luminosa. En mi interior convivían la vocación y el cansancio, pero también una culpa que dormía entre mis costillas. Recordaba, a veces sin querer, a mi hermano menor agitando los brazos en el agua mientras yo, paralizado por el miedo, no salté a ayudarlo. Recordaba la noche en que alguien golpeó mi puerta y yo no abrí porque no quería complicarme. Había construido mi vida sobre la apariencia de bondad, ocultando las grietas con discursos pedagógicos. Creía haber aprendido a vivir con esa sombra.

    Aquella mañana, mientras pasaba lista, un niño apareció en la puerta. No figuraba en ningún registro. Tenía un cuaderno en la mano y la quietud de quien no espera nada. Me miró con unos ojos tan negros que me costó distinguir la pupila del iris. Dijo llamarse Juan, pero su voz no llevaba la tensión de un nombre recién pronunciado; era una afirmación neutra, como si nombrarse fuera un trámite. No supo decir de qué escuela venía ni quién lo enviaba. Lo senté al fondo, junto a la ventana, desde donde podía observar sin ser observado. Desde el primer momento, su presencia me inquietó. No sonreía ni fruncía el ceño. No era el silencio de un niño tímido, sino el de alguien que escucha porque ya ha escuchado antes. Me di cuenta de que no parpadeaba. Tal vez lo hacía cuando yo apartaba la vista, pero en mi memoria sus ojos se mantenían abiertos como dos pequeños abismos.

    En el recreo lo llamé aparte. Sus manos estaban limpias y su ropa carecía de la suciedad típica de la infancia. Le pregunté por su familia; respondió:

    —No me acuerdo—

    sin rastro de tristeza. Le pregunté dónde vivía; dijo:

    —Lejos—

    y señaló vagamente hacia el pueblo. Había en su forma de hablar una exactitud que rozaba lo irónico. No parecía tener una edad determinada. Una arruga diminuta en la comisura de los labios le daba una solemnidad impropia de sus supuestos años. Regresé al aula intentando ignorar su presencia, pero algo en mí ya estaba alerta.

    Durante la clase, levantó la mano con calma.

    —¿Por qué las personas buenas hacen cosas malas?—

    preguntó. Su voz no acusaba; parecía realmente querer saber. Respondí con el discurso habitual sobre los errores y la confusión entre el bien y el mal. Él asentía como quien escucha una respuesta que ya conocía. En los días siguientes sus preguntas se multiplicaron:

    —Si alguien mata para salvar a otro, ¿es culpable o inocente?
    —¿Quién es más responsable: el que lanza la piedra o el que no la recoge?—

    Los demás niños se reían, pero también lo miraban, quizá intuyendo que su compañerito nuevo estaba jugando un juego distinto. Mis respuestas, que antes me parecían convincentes, ahora me sonaban huecas incluso a mí. Juan no discutía, simplemente dejaba que mis palabras cayeran en el silencio y, de alguna forma, se desmoronaran.

    Un mediodía, mientras explicaba la diferencia entre sustantivos concretos y abstractos, un pájaro chocó contra la ventana y quedó inmóvil en el alféizar. Los niños gritaron y corrían hacia el cadáver diminuto. Les pedí que se sentaran. Juan no se movió de su sitio, pero murmuró:

    —Hay cosas que se rompen sin que nadie las toque—

    Ese mismo día, un padre murió en un accidente de tractor; al día siguiente su hijo llegó con los ojos hinchados de llorar. Juan se acercó, le susurró algo y vi cómo el rostro del niño se trasformaba en una mezcla de estupor y comprensión. Luego supe que el hombre había bebido antes de subirse al tractor. Nadie se lo había contado al hijo. Nadie salvo Juan, supuse. ¿Cómo lo sabía? Su conocimiento no era una muestra de malicia; era la constatación de hechos que otros querían ocultar. Empecé a sentir que su presencia traía consigo un eco de verdades que nadie deseaba oír.

    Mis noches se poblaron de sueños en los que sus ojos abiertos se multiplicaban. Empecé a registrar sus frases en un cuaderno, como quien estudia un fenómeno extraño. Escribí: _No parpadea. Formula preguntas morales imposibles. Dice verdades que no debería saber. Después de su mirada ocurren cosas irreversibles._ Anoté también los sucesos que coincidían con su paso: una madre que cae por las escaleras y se rompe la cadera, un perro atrapado en una trampa, dos hermanos que se pelean para siempre por un tema trivial. Nada de ello ocurría en el aula, pero la sincronía era inquietante. ¿Era él la causa? Tal vez solo era mi mente intentando encontrar una explicación para un caos intolerable. Aun así, no podía evitar sentir que cada pregunta suya desataba algo más allá de mi control.

    La mayoría de esas noches se repetía la misma escena: me encontraba sentado frente a una mesa pequeña, con Juan del otro lado. Yo no era el maestro, era el alumno; él me hacía preguntas que no podía responder, y cada vez que intentaba abrir la boca me despertaba con el corazón acelerado, sintiendo que me habían juzgado sin palabras. En otros sueños yo era niño y él adulto, invertidos los roles; me daba órdenes con una paciencia infinita, y cuando me negaba a cumplirlas veía caer objetos en la oscuridad. Comprendí que sus preguntas no buscaban respuestas, sino grietas: eran una forma de señalar los puntos débiles de mi historia.

    Una tarde se acercó al final de la clase. Todos se habían ido. Metió las manos en los bolsillos y me preguntó:

    —¿Usted ha hecho algo de lo que se arrepienta?—

    Podría haber respondido con un _todos cometemos errores_, pero su mirada me pidió honestidad. Confesé que sí, que muchas cosas. Juan asentó y preguntó:

    —¿Se arrepiente porque le dijeron que eso estaba mal o porque usted sabe que estaba mal?—

    Su voz no juzgaba; diseccionaba. Sentí que cada palabra suya cortaba capas de mi propia narrativa. Me di cuenta de que buena parte de mi arrepentimiento estaba ligada al miedo a ser descubierto, a perder el respeto ajeno, y no tanto al dolor que había causado. Él dijo:

    —A veces uno quiere ser bueno para que lo aplaudan. Otras, para salvarse del castigo. Rara vez alguien hace el bien porque es lo único que sabe hacer—

    Sus frases eran tan simples que resultaban insoportables. Me obligaban a recordar a mi hermano flaco agitando los brazos, la puerta que no abrí, los alumnos que ignoré. Nunca había hecho un bien que no buscara limpiar mi propia imagen.

    Los días posteriores a ese diálogo fueron una tortura. Caminaba por los pasillos de la escuela y escuchaba a mis colegas hablar de notas y exámenes con la ligereza de quien mueve números en un libro contable. Yo pensaba en lo que me movía a enseñar: ¿era vocación o era culpa? ¿Había elegido la docencia para esconder mi cobardía bajo un barniz de servicio? Empecé a ver en mis propios gestos una mezcla de generosidad y autopreservación. Juan no me había acusado ni sermoneado; se limitó a dejar encendida una lámpara que iluminaba rincones que yo prefería oscuros. Su silencio después de cada pregunta era un espejo en el que veía reflejada mi propia ambigüedad.

    Poco después, durante una corrección de exámenes, escuché un ruido en el patio. Un árbol viejo se había desplomado sobre la cerca. Juan estaba allí, mirando las raíces expuestas. Dijo:

    —Nada que esté podrido puede sostenerse—

    Y luego, mirándome, añadió:

    —¿Y si la raíz que está podrida es usted?—

    Sentí ganas de gritarle, de expulsarlo de la escuela, de recuperar mi autoridad. Pero no pude. Mi indignación se mezclaba con la sospecha de que tenía razón.

    Días más tarde, al inicio de una clase, comentó como quien recuerda un sueño:

    —Soñé que usted guardaba cartas en un cajón que su esposa no conoce—

    Nadie sabía de esas cartas de juventud que yo conservaba como relicario de una vida no vivida. Lo miré en silencio. Él sonrió con compasión, no con burla. No había en él amenaza; había una claridad que desbarataba mi sensación de privacidad. Mi vida oculta se manifestaba en sus palabras como si fuera un dato más entre tantos.

    Mi relación con Juan se volvió una obsesión silenciosa. Dejé de disfrutar las travesuras de los otros niños; solo podía pensar en sus preguntas y en lo que removían en mí. Imaginaba hablar con sus padres, denunciar su actitud, pero no sabía siquiera si tenía padres. Mi esposa me preguntaba qué me ocurría; le respondía que estaba cansado. Una tarde, al acabar la jornada, Juan me entregó una hoja doblada. Dentro había escrito, con su letra perfecta: _La única pureza es la inexistencia._ Al leerla sentí que algo se quebraba. Comprendí que mi deseo de ser intachable era tan vano como culpar al viento por mover las hojas. Que vivir implica manchar, que la pureza absoluta solo reside en lo que no existe. Guardé el papel en el bolsillo, como un recordatorio incómodo de que incluso mis gestos bondadosos estaban teñidos de vanidad.

    Con el tiempo advertí cambios en mí. Mi esposa me dijo que casi no parpadeaba cuando leía. Me miré en el espejo y vi mis ojos abiertos, alerta, como si hubiese aprendido de Juan a no perderse detalle alguno. Sentía que llevaba su mirada conmigo. Un día dejó de venir. Esperé y esperé, pero la silla al fondo quedó vacía. Nadie sabía de él, su nombre no constaba en registro alguno. Su ausencia me pesó más de lo que esperaba, como si hubieran retirado de pronto el espejo en el que me veía sin máscaras.

    Al cabo de unos días encontré mi cuaderno abierto por la última página. Con una letra distinta alguien había escrito: _No te pongas triste. Siempre estuve en ti._ La frase me atravesó. Entendí que, fuera quien fuera Juan, había puesto voz a algo que ya habitaba en mí: esa conciencia que me señala, que me interroga, que me recuerda que cada omisión tiene consecuencias.

    Guardado en casa, abrí el cajón donde escondía las cartas antiguas y las leí en voz alta por primera vez. Sentí el peso del pasado, el eco de las vidas que no elegí. Después abrí el cuaderno de Juan y leí sus frases una por una. Comprendí que la culpa, la responsabilidad y el mal no son ideas que se enseñan como fórmulas; son presencias que se insinúan con una pregunta, con un gesto, con la caída de un árbol. Pensé en quemar el cuaderno, en deshacerme de su influencia, pero supe que no podía volver a fingir ignorancia. Debía aceptar que no existe una pureza que pueda ganarse ocultando los propios errores. La única forma de seguir era dejar de mentirme.

    Con el tiempo entendí también que la infancia puede ser una máscara del caos. Había mirado a Juan con indulgencia por ser pequeño, sin reconocer que a veces la maldad se disfraza de inocencia para desarmar nuestras defensas. El niño que no parpadeaba no era un monstruo ruidoso, sino un espejo pulido que me devolvía una imagen incómoda de mí mismo. Quizá por eso me perturbaba tanto: porque su forma de ver el mundo era cristalina, desprovista de la niebla con la que solemos justificar nuestras acciones.

    El lunes volví a la clase con otro ánimo. Me quité el disfraz de infalibilidad. Les conté a mis alumnos, sin nombres ni detalles, la historia de un hombre que no salvó a su hermano. Les dije que hay preguntas que no tengo respuestas. Ellos me escucharon en silencio y después, uno tras otro, confesaron pequeñas culpas: un juguete roto y oculto, una mentira dicha por miedo. La clase dejó de ser un sitio de sentencias y se transformó en un espacio donde la fragilidad era legítima. Descubrí que enseñar no es dictar respuestas, sino acompañar en la búsqueda. Cuando terminé, miré al fondo y vi la silla vacía de Juan como un recordatorio. Sus palabras seguían ahí, como un murmullo que se integraba a mi forma de hablar.

    Al salir de la escuela, el viento arrastraba hojas secas y el cielo tenía un tono grisáceo. Recordé otra vez la frase que me dejó: _La única pureza es la inexistencia._ No la entendí como un llamado a la desesperanza, sino como una invitación a abandonar la máscara de moralidad absoluta. Pensé en la responsabilidad silenciosa que cargamos desde niños, en cómo cada omisión y cada palabra se convierten en hilos que tejen la trama de nuestra vida. No somos moralmente puros ni podemos serlo; somos la suma de nuestras elecciones y de las veces que elegimos no elegir. Ese niño o esa voz no había venido a condenarme, sino a mostrarme que la claridad también puede doler.

    El mal no siempre se esconde en actos espectaculares; a veces se filtra en la comodidad de nuestras mentiras y en la tranquilidad de nuestras excusas. Pensé en Juan o en esa voz interna que adoptó su forma y sentí gratitud y temor.

    El mal no gritó. Me habló con razón.
     
    #1

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