El número perfecto

Marla

Poeta fiel al portal
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.


 
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.

Magnífico poema, estimada Marla, es este en el que parece entreverarse la melancolía y el recuerdo, además con un lenguaje preciso.
Afectuosamente, un saludo muy cordial.
Salvador.
 
Última edición:
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.

Bella melancolía enmarcada en tu sensible y certera escritura amiga María, me ha gustado mucho. Un abrazo. Paco.
 
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.

Ese numero temporal que esta en el recuerdo.
pensar en el futuro y ver que ese no llega..., en
esas sombras de vicisitudes queda como un
estallido que se desnuda de melancolia.
el logro no conseguido un dolor. excelente.
saludos amables de luzyabsenta
 
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.

Un paseo por estas imágenes tan exquisitas, donde la palabra vibra a pesar de las circunstancias menos felices. Es un gusto llegar a este poema. Saludos y abrazos.
 
Hoy puedo describir el rostro de aquello
que no vi,
aquello que callamos, lo que no se menciona.

Preparábamos juntas un altar a diciembre,
pero siempre llegaba desnudo, en los huesos.


Recuerdo
los días previos, sus augurios de incienso,
tus pisadas nerviosas por el triste pasillo
de la desesperanza; su sosegada voz, acostumbrada
a navegar a tientas sobre el mar
de las pérdidas...

Recuerdo, sobre todo (y esto es cierto)
que dos y dos jamás sumaban cuatro;
una fracción de él, vestida de un cuerpo
fatigado
y confuso
acudía al encuentro,
el resto se hacinaba junto a las risas cómplices
de extraños en tugurios que bullen sobre brasas
de cielos extinguidos.

Pronto vendrá diciembre -decías con tus labios-
y modelabas tu verdad con el barro de algún deseo
agónico,
y él mientas daba dos o tres vueltas
al abismo para huir
de los largos brazos
de diciembre,
de la irónica intersección del deber
familiar,
de sí mismo,
de su sombra de fieltro;
y en la primera copa del penúltimo olvido
brindaba por la inexactitud
del número perfecto.



La matemática perfecta se diluye cuando se fusiona con la levedad del Ser. Precioso poema Marla. Un verdadero placer la lectura.

Cariños,

Palmira
 

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