Nadie sabía
de dónde venía.
Aparecía al amanecer
sobre la rama más antigua del viento,
cuando la luz
todavía estaba aprendiendo
el idioma de las hojas.
Era un pájaro extraño.
Con cada estación
sus plumas recuperaban
el color del primer vuelo.
Sus ojos,
en lugar de apagarse,
se volvían cada día
más semejantes
a la sorpresa.
No caminaba hacia el ocaso.
Retrocedía lentamente
hasta la aurora.
Mientras todos contábamos los años
como quien suma piedras,
él los desataba
uno por uno,
como si el tiempo
fuera apenas un nudo
en la garganta del cielo.
Una mañana
perdió la última pluma.
No cayó.
Se transformó
en un pequeño resplandor
que apenas pesaba
lo que pesa
un recuerdo
antes de convertirse
en esperanza.
Después desapareció el canto.
Desaparecieron las alas.
Desapareció el vuelo.
Y, sin embargo,
el aire
continuó pronunciando
su nombre invisible.
Lo busqué
entre los árboles,
en la respiración del polvo,
en el río
que todavía soñaba con la lluvia.
Lo encontré
dentro de un huevo
tan transparente
que dejaba ver
el latido de la mañana.
No contenía un ave.
Contenía
la paciencia del comienzo.
Entonces comprendí
que hay criaturas
que no envejecen
para acercarse a la noche,
sino para volver
al instante limpio
en que todo
era todavía posible.
Desde aquel día,
cuando una hoja cae,
no pienso en el otoño.
Pienso
que quizá el universo entero
está aprendiendo,
con infinita ternura,
el difícil arte
de regresar
a su primera inocencia.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
de dónde venía.
Aparecía al amanecer
sobre la rama más antigua del viento,
cuando la luz
todavía estaba aprendiendo
el idioma de las hojas.
Era un pájaro extraño.
Con cada estación
sus plumas recuperaban
el color del primer vuelo.
Sus ojos,
en lugar de apagarse,
se volvían cada día
más semejantes
a la sorpresa.
No caminaba hacia el ocaso.
Retrocedía lentamente
hasta la aurora.
Mientras todos contábamos los años
como quien suma piedras,
él los desataba
uno por uno,
como si el tiempo
fuera apenas un nudo
en la garganta del cielo.
Una mañana
perdió la última pluma.
No cayó.
Se transformó
en un pequeño resplandor
que apenas pesaba
lo que pesa
un recuerdo
antes de convertirse
en esperanza.
Después desapareció el canto.
Desaparecieron las alas.
Desapareció el vuelo.
Y, sin embargo,
el aire
continuó pronunciando
su nombre invisible.
Lo busqué
entre los árboles,
en la respiración del polvo,
en el río
que todavía soñaba con la lluvia.
Lo encontré
dentro de un huevo
tan transparente
que dejaba ver
el latido de la mañana.
No contenía un ave.
Contenía
la paciencia del comienzo.
Entonces comprendí
que hay criaturas
que no envejecen
para acercarse a la noche,
sino para volver
al instante limpio
en que todo
era todavía posible.
Desde aquel día,
cuando una hoja cae,
no pienso en el otoño.
Pienso
que quizá el universo entero
está aprendiendo,
con infinita ternura,
el difícil arte
de regresar
a su primera inocencia.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados