En la calma templanza de tu ser mayestático irradias una fragorosa lluvia divina,teñida de un perverso oro divino.Tus compañeros se espantan ante el nimbo glorioso con el que descorazonas a esos miserables que se hacen llamar amigos.Tu puesto está en la alcurnia de un majestuoso pedestal;glorificado por la alabanza del todopoderoso Satanás;el cual susurra a tus delicados oídos de rosa esplendorosa promesas apocalípticas donde tu,con cetro de hierro,gobernarás a la decadente humanidad de pueril lloriquear infantil.Con la coraza escamada de la divina Atenea y con el casco espartano dictarás sentencia;abrirás un boquete en el infinito juicio avernal que tu,¡oh!encumbrado semidios olímpico,gozarás como nunca;en una eternidad que se te antoja sopor vago y temporalidad estática en ciernes de ser diluida en el hidromiel que beben contumaces los radiantes dioses.