rumpelstiltskin
Poeta recién llegado
Antioquía de Pisidia, Es ahí donde yo vivía.
Una ciudad fronteriza entre la parte sur
de las montañas y Adramitas, la ciudad maldita.
Nuestro destino; fabricar armas y
herramientas de hierro, para distribuirlas a través
del comercio y también poder defendernos.
Nuestra tecnología era metalúrgica,
indispensables y necesarias, logrando obtener
la victoria en diversas batallas.
Absolutamente nadie
podía abarrir nuestra artillería,
porque esta era bendita.
Gracias a Oggun, el Orisha de la fortaleza,
quien nos daba paz en esta tierra
con tan solo honrarlo, él se sentía grato.
Pues; a través de su Receptáculo
ningún mal podía afectarnos,
siendo protegidos de imperios malignos.
Un instrumento divino, cuya estructura
es un caldero de hierro con tres patas
Y un otá (piedra) recogida en los densos montes.
Sus atributos; herraduras, palas y picos,
machetes, freno de caballo y martillos,
achabbá (cadenas), lanzas y cuchillos.
Al fusionar todos estos elementos
en el interior del caldero, fluye un aroma
que su olor es puro hierro.
Se introduce en el tórax
originando una gran energía
por todo el cuerpo.
Después de esto, un fuego se expande
con densidad y mucho intenso,
convirtiéndose en “Osún” flamantes guerreros.
Sólo los humanos podían tener este privilegio,
pero igual me siento contento, porque tuve la honra
de ser el forjador de gran valioso instrumento.
Dositeo, ese es mi nombre. Un semihumano persistente,
de personalidad muy fuerte, aguerrida
Y con mucho temple. Mi apariencia es la siguiente:
Mejillas sonrosadas y de piel muy bronceada,
con pelo y barba larga, con facultades desarrolladas.
Setenta y cinco kilos pesaba. Un hijo, lo que más deseaba.
Era solitario, el único sobreviviente de mi raza,
por eso decidí servirle a Oggun y ser el guardián
De sus adoradores, formando parte en luchas y combates.
Amaba esta ciudad, porque me dio una segunda oportunidad,
decidiendo relacionarme con todos, apté en protegerlos,
y desde ahí que los Osún son notables guerreros.
Pero no todo era felicidad; Adramitas estaba maldita,
su rey trágicamente había muerto. Y mis natos conocimientos
sabían quién lo había hecho. Y al recordarlo sentía odio y desprecio.
¡Homai! Criatura oscura y malvada,
increíblemente inhumana, La más temida,
la más despiadada. Se alimentaba de los cerebros.
Siendo muy poderoso y difícil de verlo,
yo sabía que ese nefasto quería
el “Divino Instrumento”.
Sentía su malvada presencia y
de repente pudo destruir nuestra
Fortaleza, sin saber los soldados a qué temían.
Su telepatía le daba poder para dominar
a los cuervos y estos atacaban
en contra de los nuestros.
¡Árboles gigantescos! también nos invadieron,
que al caminar hacían trepidar los suelos,
despertados de un eterno sueño.
Estas criaturas de forma arbórea
eran controladas por la mente de este
siniestro, necesitaba saber su lado indefenso.
Tomando mi hacha y pensando en el Receptáculo
a prisas al castillo me dirigía,
el rey de Antioquía de Pisidia me necesita.
-¡Espera!- Habló la voz de los cielos y universos,
donde solo yo tenía ese privilegio,
entonces me postré y escuché:
-En este momento no estás listo para enfrentar
al desuellamentes. Regresa a tu antro
y encontrarás tu arma letal.-
-Es la única fuerza que puede destruir
a este ilícido ser, ya que al extinguirlos
uno por accidente escapó, jurando vengarse.
-Si llegasen a robar mi Receptáculo,
yo dejaría de existir y éste tomaría
el poder absoluto de todo, esto sería el fin-.
Para que estudies sus debilidades,
de lo invisible que es, lo haré visible también.
prepárate para que conozcas al asesino de tu pueblo.-
Con lágrimas en mis ojos, los gritos de los míos
en mi conciencia gimieron, cerrando mis puños
Alzo mi mirada a los vientos y le digo; ¡muéstralo!
Continuará...
Una ciudad fronteriza entre la parte sur
de las montañas y Adramitas, la ciudad maldita.
Nuestro destino; fabricar armas y
herramientas de hierro, para distribuirlas a través
del comercio y también poder defendernos.
Nuestra tecnología era metalúrgica,
indispensables y necesarias, logrando obtener
la victoria en diversas batallas.
Absolutamente nadie
podía abarrir nuestra artillería,
porque esta era bendita.
Gracias a Oggun, el Orisha de la fortaleza,
quien nos daba paz en esta tierra
con tan solo honrarlo, él se sentía grato.
Pues; a través de su Receptáculo
ningún mal podía afectarnos,
siendo protegidos de imperios malignos.
Un instrumento divino, cuya estructura
es un caldero de hierro con tres patas
Y un otá (piedra) recogida en los densos montes.
Sus atributos; herraduras, palas y picos,
machetes, freno de caballo y martillos,
achabbá (cadenas), lanzas y cuchillos.
Al fusionar todos estos elementos
en el interior del caldero, fluye un aroma
que su olor es puro hierro.
Se introduce en el tórax
originando una gran energía
por todo el cuerpo.
Después de esto, un fuego se expande
con densidad y mucho intenso,
convirtiéndose en “Osún” flamantes guerreros.
Sólo los humanos podían tener este privilegio,
pero igual me siento contento, porque tuve la honra
de ser el forjador de gran valioso instrumento.
Dositeo, ese es mi nombre. Un semihumano persistente,
de personalidad muy fuerte, aguerrida
Y con mucho temple. Mi apariencia es la siguiente:
Mejillas sonrosadas y de piel muy bronceada,
con pelo y barba larga, con facultades desarrolladas.
Setenta y cinco kilos pesaba. Un hijo, lo que más deseaba.
Era solitario, el único sobreviviente de mi raza,
por eso decidí servirle a Oggun y ser el guardián
De sus adoradores, formando parte en luchas y combates.
Amaba esta ciudad, porque me dio una segunda oportunidad,
decidiendo relacionarme con todos, apté en protegerlos,
y desde ahí que los Osún son notables guerreros.
Pero no todo era felicidad; Adramitas estaba maldita,
su rey trágicamente había muerto. Y mis natos conocimientos
sabían quién lo había hecho. Y al recordarlo sentía odio y desprecio.
¡Homai! Criatura oscura y malvada,
increíblemente inhumana, La más temida,
la más despiadada. Se alimentaba de los cerebros.
Siendo muy poderoso y difícil de verlo,
yo sabía que ese nefasto quería
el “Divino Instrumento”.
Sentía su malvada presencia y
de repente pudo destruir nuestra
Fortaleza, sin saber los soldados a qué temían.
Su telepatía le daba poder para dominar
a los cuervos y estos atacaban
en contra de los nuestros.
¡Árboles gigantescos! también nos invadieron,
que al caminar hacían trepidar los suelos,
despertados de un eterno sueño.
Estas criaturas de forma arbórea
eran controladas por la mente de este
siniestro, necesitaba saber su lado indefenso.
Tomando mi hacha y pensando en el Receptáculo
a prisas al castillo me dirigía,
el rey de Antioquía de Pisidia me necesita.
-¡Espera!- Habló la voz de los cielos y universos,
donde solo yo tenía ese privilegio,
entonces me postré y escuché:
-En este momento no estás listo para enfrentar
al desuellamentes. Regresa a tu antro
y encontrarás tu arma letal.-
-Es la única fuerza que puede destruir
a este ilícido ser, ya que al extinguirlos
uno por accidente escapó, jurando vengarse.
-Si llegasen a robar mi Receptáculo,
yo dejaría de existir y éste tomaría
el poder absoluto de todo, esto sería el fin-.
Para que estudies sus debilidades,
de lo invisible que es, lo haré visible también.
prepárate para que conozcas al asesino de tu pueblo.-
Con lágrimas en mis ojos, los gritos de los míos
en mi conciencia gimieron, cerrando mis puños
Alzo mi mirada a los vientos y le digo; ¡muéstralo!
Continuará...
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