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El regalo pendiente

Antonio del Olmo

Poeta que considera el portal su segunda casa
EL REGALO PENDIENTE

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La dependienta de la juguetearía observo a una señora muy mayor que no paraba de mirar el escaparate durante un buen rato. Llamó su atención un mechón de cabello negro que destacaba sobre su melena completamente blanca. La dependienta también tenía un mechón de cabello teñido de azul caído sobre la frente. La señora miró alrededor para asegurarse de que no la veía nadie, puso la mano en le puerta durante unos segundos, miró hacia atrás y, por fin, se decidió a entrar en la tienda, muy deprisa, mientras decía:

— Buenos días. Quiero esa muñeca que tiene en el escaparate, la que tiene el vestido azul. Esa que se parece a las muñecas de mi época, cuando yo era niña. Es para mi nieta… o, mejor dicho, para mi biznieta. ¡Cómo pasa el tiempo…!

La dependienta entrego la muñeca enseguida y respondió sonriendo:

—Sí, señora. Esta muñeca es una reproducción exacta de Mariquita Pérez, la que estuvo de moda en 1940, según me ha dicho el proveedor.

—Esta misma noche la recibirá mi nieta – dijo la señora, mientras la dependienta envolvía el paquete con papel de regalo, y salió presurosa de la tienda.

Aquella noche, la señora se acostó con su muñeca y pensó en la Mariquita Pérez que no había tenido cuando fue niña. Entonces, sus padres la compraron otra muñeca más barata, porque aquellos tiempos eran muy difíciles, aunque ella nunca llegó a pasar más necesidades, como otros niños más pobres.

Ahora se encontraba muy sola: no había tenido hijos, ni nietos, ni biznietas. Aunque ahora, cuando nadie la ve, puede disfrutar con su muñeca.
 

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La dependienta de la juguetearía observo a una señora muy mayor que no paraba de mirar el escaparate durante un buen rato. Llamó su atención un mechón de cabello negro que destacaba sobre su melena completamente blanca. La dependienta también tenía un mechón de cabello teñido de azul caído sobre la frente. La señora miró alrededor para asegurarse de que no la veía nadie, puso la mano en le puerta durante unos segundos, miró hacia atrás y, por fin, se decidió a entrar en la tienda, muy deprisa, mientras decía:

— Buenos días. Quiero esa muñeca que tiene en el escaparate, la que tiene el vestido azul. Esa que se parece a las muñecas de mi época, cuando yo era niña. Es para mi nieta… o, mejor dicho, para mi biznieta. ¡Cómo pasa el tiempo…!

La dependienta entrego la muñeca enseguida y respondió sonriendo:

—Sí, señora. Esta muñeca es una reproducción exacta de Mariquita Pérez, la que estuvo de moda en 1940, según me ha dicho el proveedor.

—Esta misma noche la recibirá mi nieta – dijo la señora, mientras la dependienta envolvía el paquete con papel de regalo, y salió presurosa de la tienda.

Aquella noche, la señora se acostó con su muñeca y pensó en la Mariquita Pérez que no había tenido cuando fue niña; sus padres la compraron otra más barata, porque aquellos tiempos eran muy difíciles, aunque ella nunca llegó a pasar más necesidades, como otros niños.

Ahora se encontraba muy sola: no había tenido hijos, ni nietos, ni biznietas. Aunque ahora, cuando nadie la viese, podía disfrutar con su muñeca.
Pobre señora, que triste.
Bonito y susceptible relato.

Saludos
 

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