Atravesó el campo hacía el hogar de su infancia; ahora, a diferencia de entonces, caminaba lentamente sintiendo en el rostro la brisa de la tarde y el penetrante olor del otoño, a tierra mojada, bendecida por las primera lluvias; inhaló el suave aroma de la vieja higuera que a pesar de los años de abandono seguía dando frutos. Abrazó el árbol que un día plantó con sus padres y hasta le pareció que sus ramas respondían, rodeándolo, como si saludara a un viejo amigo.
Tras cincuenta años de ausencia volvía atravesar el umbral de su casa; poseído por la magia de los recuerdos, creyó percibir el aroma entrañable de las tortitas de anís y canela de su madre; la vieja mecedora donde ella se durmió para siempre comenzó a balancearse como meciendo su recuerdo; se acomodó en ella y dejándose arrullar, cerró lentamente los ojos... Y fue entonces cuando apareció Raico sacudiendo su abundante pelambre y moviendo alegremente el rabo, le lamió las manos, el rostro, el cuello... -¡¡ Raíco!!- Gritó, pero no podía ser, Raico había muerto, era imposible; no obstante, ladraba y saltaba sin parar, lleno de vida; luego se acomodó a sus pies como hacía entonces... El olor a las tortitas de anís se fue acentuando; la vieja radio se puso en marcha y sonó aquella bella melodía de sus primeros años, cuando su madre bailaba con él entre sus brazos.Volvió a cerrar los ojos y se dejó llevar, al abrirlos de nuevo, descubrió a su padre, allí estaba, apoyado en el marco de la puerta, sonriendoles. Entonces supo que todo estaba en orden
-Al fin en casa- susurró.
Última edición: